martes, 4 de septiembre de 2012

París, día 4

Pese a que el viaje ha acabado no podemos dejar de contar aquello que vimos el medio último día...
Bueno, el día entero, porque en MAdrid también hubo cosas raras.

Nos levantamos... Yo me levanté fresca como una rosa, pero fue poner las piernas en el suelo, y escuchar los gritos de mis gemelos pidiendo auxilio desesperadamente... "volvamos a casa, mami" "¿Falta mucho?" "Cómprame eso, cómprame eso". Cosas así, típicas de críos.

La cosa es que amenecimos y decidimos ir a desayunar parisínamente: en una terracita. Y como el destino nos iba a llevar esa mañana a ver la casa de Víctor Hugo, pues en una terraza de mismo nombre nos sentamos. Colacao, otra cosa que no saben qué es o no tienen. Ni Nesquik. Nada , nada. Un chocolatazo que nos querían plantar. María y yo dijimos un "por ahí no paso" y decidimos tomarnos dos buenos croissantes (parece que pongo guisantes jeje) parisinos. ¡Qué ricos! Normal que no tengan embutido barato, ¡se dedican a hacer bollos extra-ricos!
Con el garbo que nos caracteriza, movimos los "pompis" (esto es París, hay que ser fino. En España se puede decir culo. Allí no.) hasta la casa de Víctor Hugo. Una casa muy refinada con moqueta aquí, moqueta allá. Una sala china... de estas con porcelanas chinas por todas partes y cosas chinas, y sillas chinas y uuuhhh... todo muy chinesco. Incluso dibujos chinescos por las paredes.
En ese momento MAría dice "En aquel panel cuenta que Víctor decidió esconder sus iniciales por su habitación". En ese momento pensamos que se quedó un poco ciego al escribir, porque descubrimos inciales (una V con una H en el medio) de unos quince centímetros de altura por las paredes. Escondidas, escondidas...
Y ya era la hora de volver... Snif, snif como dice Mamá Oña.
Volvimos al estudio a recoger y a dejar todo en su sitio. Mamá limpiaba, bea hacía las maletas de nuevo y María... bueno, María quitó las sábanas y chateaba por Whastapp. Qué le vamos a hacer.
Y rumbo al aeropuerto cárnico cuando a la lentilla de María le da la gana hacer daño a su poseedora. Saca el líquido de las lentillas en medio de la calle, saca la lentilla, mójala... una guarrada en medio de la calle.
María lo mejoró cuando lanzó a presión desde el bote el líquido a su ojo ¡Zas, en todo el ojo!
Menos mal que salió viva de la operación y pudimos seguir el camino.
En ese momento, obra del líquido, segurísimo; comenzó a filosofar sobre la vida. EL egoismo del ser humano y esas cosas típicas.

El metro muy bonito, gracias.

Y llegamos a la estación de buses. Compramos el billetico, comimos unas hamburguesitas del McDonalds (amigo impepinable del mochilero-alberguista) y sentamos las posaderas (este sinónimo también vale) en el asiento del bus. Cada una en uno.
María comenzó a narrarme las historias de "Saw", de todas las películas, y me las hilaba cronológicamente, y me destripaba los finales. A ver, que yo no iba a verlas; pero me hizo Spoilers a saco. Y le doy las gracias, porque según acabó, me dormí.
Llegamos al aeropuerto cárnico y según abe las puertas el bus. MIENTO. Diez segundo de que abriera las puertas ¡¡PUUUM!! La trometna del siglo. Todos empapapdos y  yo en pantalones largos. Pero fui lista y me cambié en el baño.
Leugo resultó que el bus nos dejó en la T1 y teníamos que coger el avión en la T2, así que tuvimos que andar sobre charquitos hasta el aeropuerto cárnico inicial a esperar a que el transporte llegara.

Poco más.... un vuelo sin más complicaciones (que nosotros tengamos constancia). Pero con un aterrizaje de los horribilus horribilus. De los que se te quitan las ganas de volver a meterte en un pájaro de hierro.

Y ya en MAdrid. La urbe... volviendo a casa con un niño en el cercanías que gritaba algo como "Wobba fet Chu chu chuuuuuuu" haciendo el trenecito

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