¡Guau! Qué bien hemos dormido. Fresquitos, con buenos compañeros de habitación, buen futoncito... ¡Bien por Backkeepers Gion! Lo malo, que los mosquitos han colaborado a cambiar el color Moreno por el rojo en nuestras piernas.
La verdad es que el albergue está genial. Limpito, la gente colabora a ello, ordenado y (a excepción de los pasillos con moqueta, se está fresquito.
En un principio parecía que Nacho no iba a venir porque tenía dolor de cabeza, pero nadie se puede resistir a los encantos de Inari y Nara. Pastillica, ducha y a correr.
Nos hemos encontrado con el hombrecito de la recepción. Al parecer ayer tenía fiebre y por eso no pudo estar en la recepción (pobre hombre, nos ha dado penica. Silvia, la pobre, tiene un apuro por haberse molestado con él...). Y sin venir a cuento, ¡nos ha hecho un descuento muy interesante en el precio! Madre mía, madre mía...
Le hemos preguntado por la lavadora, nos gustaría haber lavado hoy, pero ha resultado que ayer se rompió. Parece que hoy volverán los hombres que ayer no pudieron arreglarla. ¿Lo conseguirán? Chan, chaaaaaan.... Podrían hacer un drma de televisión japonesa con la historia ésta. Ignacio estuvo viendo ayer un poco y ya sabe por qué los canales japoneses parecen de risa...
Hacia la estación de tren hemos encontrado una tienda de Kimono y haori. ¡Al fin podré comprarme! Así que mañana, antes de ir a Kanazawa me pararé a por alguno. Ir por Nara e Inari con ellos hoy es un suicidio.
Antes de llegar a la estación, hay en Kyoto un gran templo budista de madera. Según una vez leí, el de mayor tamaño de este material. El suelo de tatami y el artesonado de madera es una maravilla. Sentarse (como cada uno pueda) en el suelo con los pies descalzos, la mayor gozada.
Hemos tenido que hacer una parada técnica antes de "entrenar" (si embarcar es de barco, entrenar es de tren): McDonalds y sus batiditos. Madre, mía... madre mía...
Esta vez le ha tocado a Hernán hacer de centinela en el tren. Aunque era final de parada y lo tenía fácil, ha logrado su cometido. La ciudad de los ciervitos, la antigua capital del país, nos esperaba con los brazos abiertos. Picaduras de primer grado, sol en el cogote y sonido de chicharras para aumentar más la sensación de calor. Pero el amor que te puede dar un ciervo cura todo los males. Obviamente venían a por comida, pero el amor te lo daban igual. Un japo majo, primo del de Tokyo, seguro; nos ha enseñado un truco que hacen los ciervos: son tan educados que hacen reverencias.
Estos bichos son la mar de majos, pero tienes que tener en consideración que están ahí por comida y no por tu cara bonita, y hay carteles que te lo recuerdan. Que si te pueden cornear, patear, morder... vamos, cosas típicas de un ciervo. Está la gente que se guarda la comida "ciervil", unas obleas, y la gente que coge el paquete y se deja rodear por ciervos. Esa gente suele acabar A) siendo agredida por un ciervo porque no tiene comida. B) corriendo entre ciervos y perdiendo las obleas por el camino. C) tirar por angustia el paquete a otro lado para deshacerse del problema. D) salir corriendo, gritando e incluso llorando mientras un grupo de entren 4-15 ciervos le persiguen.
Hemos asistido (y grabado -qué crueles-) a una escena de modelo D con un niño. Qué gritos, qué berridos, qué sollozos. Nosotros qué risa, claro.
Después de la fiesta del ciervo, hemos ido a ver el templo del gran Buda. La vez pasada nos quedamos mirando el templo desde la verja que está rodeándolo: la puerta de los ratas, la llamó Hernán. Hoy hemos entrado a ver al Buda representados una estatua de cuarenta y ocho metros de alto (nosotros dudamos de esta altura. Creemos que han contado los metros de la base, lo que nos parece trampa...). Era la hora de dar la vuelta de reconocimiento al bosque que hay alrededor, salpicado de templos por dentro. Haciendo honor a su licenciatura, Silvia ha salvado a un escarabajito brillante de morir ahogado en una poza (o de ser devorado por una de las dos ranas que había a su lado).
Tras comer un delicioso arroz con curry en el CoCo donde salió el Ruiz-Lopera escaldado por el picante, pasamos por una tienda de zapatillas japonesas (tabi) que te separa el dedo gordo del resto del pie, pero eran demasiado caras las que tenían estampados que me gustaban. Así que el caprichito quedará reducido a los haori de mañana.
Era hora de ir a nuestra peregrinación oficial: subir a lo alto de Fushimi Inari a dar gracias. Hemos metido la marcha r de rapidilla para que la visita fuera desde el atardecer a la noche.
Y la verdad es que ha sido precioso ver la caída del sol desde la montaña con la "pequeña" Kyoto a los pies. Hemos seguido subiendo. Esta vez, ha sido Nacho quien se ha quedado atrás (apenas a cuatro minutos de la cima, una pena). Lo cierto ha sido que lo recordábamos más duro (el calor de aquel día no ayudó en absoluto) y hemos superado la prueba con creces. ¡Definitivamente somos los niños elegidos!
































