viernes, 29 de julio de 2016

"Eh, que los ciervos de Nara nos hacen reverencias"


¡Guau! Qué bien hemos dormido. Fresquitos, con buenos compañeros de habitación, buen futoncito... ¡Bien por Backkeepers Gion! Lo malo, que los mosquitos han colaborado a cambiar el color Moreno por el rojo en nuestras piernas.
La verdad es que el albergue está genial. Limpito, la gente colabora a ello, ordenado y (a excepción de los pasillos con moqueta, se está fresquito.
En un principio parecía que Nacho no iba a venir porque tenía dolor de cabeza, pero nadie se puede resistir a los encantos de Inari y Nara. Pastillica, ducha y a correr.
Nos hemos encontrado con el hombrecito de la recepción. Al parecer ayer tenía fiebre y por eso no pudo estar en la recepción (pobre hombre, nos ha dado penica. Silvia, la pobre, tiene un apuro por haberse molestado con él...). Y sin venir a cuento, ¡nos ha hecho un descuento muy interesante en el precio! Madre mía, madre mía...
Le hemos preguntado por la lavadora, nos gustaría haber lavado hoy, pero ha resultado que ayer se rompió. Parece que hoy volverán los hombres que ayer no pudieron arreglarla. ¿Lo conseguirán? Chan, chaaaaaan.... Podrían hacer un drma de televisión japonesa con la historia ésta. Ignacio estuvo viendo ayer un poco y ya sabe por qué los canales japoneses parecen de risa...
Hacia la estación de tren hemos encontrado una tienda de Kimono y haori. ¡Al fin podré comprarme! Así que mañana, antes de ir a Kanazawa me pararé a por alguno. Ir por Nara e Inari con ellos hoy es un suicidio.
Antes de llegar a la estación, hay en Kyoto un gran templo budista de madera. Según una vez leí, el de mayor tamaño de este material. El suelo de tatami y el artesonado de madera es una maravilla. Sentarse (como cada uno pueda) en el suelo con los pies descalzos, la mayor gozada.



Hemos tenido que hacer una parada técnica antes de "entrenar" (si embarcar es de barco, entrenar es de tren): McDonalds y sus batiditos. Madre, mía... madre mía...
Esta vez le ha tocado a Hernán hacer de centinela en el tren. Aunque era final de parada y lo tenía fácil, ha logrado su cometido. La ciudad de los ciervitos, la antigua capital del país, nos esperaba con los brazos abiertos. Picaduras de primer grado, sol en el cogote y sonido de chicharras para aumentar más la sensación de calor. Pero el amor que te puede dar un ciervo cura todo los males. Obviamente venían a por comida, pero el amor te lo daban igual. Un japo majo, primo del de Tokyo, seguro; nos ha enseñado un truco que hacen los ciervos: son tan educados que hacen reverencias. 



Estos bichos son la mar de majos, pero tienes que tener en consideración que están ahí por comida y no por tu cara bonita, y hay carteles que te lo recuerdan. Que si te pueden cornear, patear, morder... vamos, cosas típicas de un ciervo. Está la gente que se guarda la comida "ciervil", unas obleas, y la gente que coge el paquete y se deja rodear por ciervos. Esa gente suele acabar A) siendo agredida por un ciervo porque no tiene comida. B) corriendo entre ciervos y perdiendo las obleas por el camino. C) tirar por angustia el paquete a otro lado para deshacerse del problema. D) salir corriendo, gritando e incluso llorando mientras un grupo de entren 4-15 ciervos le persiguen.
Hemos asistido (y grabado -qué crueles-) a una escena de modelo D con un niño. Qué gritos, qué berridos, qué sollozos. Nosotros qué risa, claro.
Después de la fiesta del ciervo, hemos ido a ver el templo del gran Buda. La vez pasada nos quedamos mirando el templo desde la verja que está rodeándolo: la puerta de los ratas, la llamó Hernán. Hoy hemos entrado a ver al Buda representados una estatua de cuarenta y ocho metros de alto (nosotros dudamos de esta altura. Creemos que han contado los metros de la base, lo que nos parece trampa...). Era la hora de dar la vuelta de reconocimiento al bosque que hay alrededor, salpicado de templos por dentro. Haciendo honor a su licenciatura, Silvia ha salvado a un escarabajito brillante de morir ahogado en una poza (o de ser devorado por una de las dos ranas que había a su lado).
Tras comer un delicioso arroz con curry en el CoCo donde salió el Ruiz-Lopera escaldado por el picante, pasamos por una tienda de zapatillas japonesas (tabi) que te separa el dedo gordo del resto del pie, pero eran demasiado caras las que tenían estampados que me gustaban. Así que el caprichito quedará reducido a los haori de mañana.
Era hora de ir a nuestra peregrinación oficial: subir a lo alto de Fushimi Inari a dar gracias. Hemos metido la marcha r de rapidilla para que la visita fuera desde el atardecer a la noche.



 Y la verdad es que ha sido precioso ver la caída del sol desde la montaña con la "pequeña" Kyoto a los pies. Hemos seguido subiendo. Esta vez, ha sido Nacho quien se ha quedado atrás (apenas a cuatro minutos de la cima, una pena). Lo cierto ha sido que lo recordábamos más duro (el calor de aquel día no ayudó en absoluto) y hemos superado la prueba con creces. ¡Definitivamente somos los niños elegidos!




jueves, 28 de julio de 2016

"Eh, que llegamos a Kyoto"

Os escribo tirada en un sofá, como si estuviera en casa. Qué paz y tranquilidad. Parece que fue hace eones cuando pude hacer esto por última vez y la verdad que apenas ha pasado apenas una semana.
Hemos llegado sanos y salvos a Kyoto. ¡Aún seguimos vivos! Eso sí, si buscáis"bochorno" en el diccionario os tiene que aparecen está ciudad como una de sus acepciones. Vivir en una nube no había sido nunca una expresión tan real.
Ayer planteamos salir muy pronto del hotel para llegar cuanto antes a Kyoto y poder aprovechar este primer día en la antigua capital. Cuando hemos hecho el cambio en Nihombashi, un hombrecito trajeado nos ha dicho si nos podía ayudar (estábamos mirando un mapa para saber qué línea de metro coger haya Tokyo central). Super majete, vamos a llamarle así nos ha acompañado no sólo a la estación, sino también al lugar donde comprar los billetes. Han sido die minutos andando que queríamos haber hecho en metro, pero creo que ellos al no tener abono y tener que pagar cada trayecto, no tienen presente que los extranjeros sí que podemos optar a ello. Como super majete nos ha contado, en Kyoto hace mucho más calor. Él nació en Yokohama (3 millones de habitantes) y nos ha comentado que Tokyo tendrá unos diez. Un amorcito hecho japonés con corbata.
En el tren me gustaría haber escrito el comienzo de hoy, pero se me volvían a mezclar las palabras y letras entre los dedos, así que me he puesto una alarma en el móvil para que diez minutos antes de llegar me despertara. Son trenes tan puntuales que es un gran sistema el de las alarmas. Que no sabes leer japo, no pasa nada, miras en el billete a la hora que llegas y ésa es tu estación.
Hoy nos han colocado en hilera, separados, porque no había sitio juntos. Yo he disfrutado de una extensión de mi sueño durante dos horas y pico. Silvia ha tenido una conversación con un japonés que resultaba haber vivido cinco años en España ¡y hablaba español! Cosa que al final no ha sido tan buena porque ha recordado que se ha acordado de su madre al comienzo del viaje. ¿Os acordáis de las casualidades de las que os hablaba antes? Pues éste es otro ejemplo. Ya van dos en dos días.
A la llegada Lorenzo nos ha recibido con los brazos abiertos. Qué calor... qué calor. Nacho se desgastaba por momentos. No había conocido la cara "amarga" del tiempo japonés. En media horita estábamos en el albergue y como lo estaban limpiando y el checkin no lo hacían hasta las tres de la tarde, hemos dejado las maletoncias para ir a Kiyomizu-dera. 



Qué cuesta y qué calor... pero merece la pena. Es un templo que también la otra vez nos dejó baldados, pero las vistas y la construcción en el monte hacen que valga la pena. Queríamos pasar por el albergue para colocar las cosas y pagar, pero el hombrecito no estaba. En su lugar un teléfono y una nota. Si necesitas ayuda, llama a este teléfono. Silvia ha llamado un par de veces y consternada comentaba "es que sólo dice outside". Claro, qué más nos da a nosotros que esté outside, que esté fuera, si lo que queremos es que vuelva. Otro hombrecito también estaba esperando en el saloncito, perecía que llevaba tiempo ahí y que tampoco había obtenido respuesta. Como no hablaba inglés muy allá, pues lo hemos dejado estar. Casi a las cuatro, en un medio arranque de enfado, cogemos las cosas para irnos. No podemos dejar pasar la tarde mientras este hombrecito de recepción decide volver. Y Nacho, como casi siempre, sale a fumar antes de irnos. ¡En buena hora! "Ey, que hay una nota". Nos había dejado las llaves "outside" en el buzón de correos. No hay precio... Ninguno lo vimos al entrar, ni el otro señor... Ains...
Colocamos rápidamente las cosas en la habitación y vamos a recorrer Kyoto. Hace dos años aprendimos la lección. Conocer la ciudad a pie es bonito, pero derretirte porque parece que el sol se ha acercado hasta tu ventana no lo es. Así que la opción de los buses ha sido aprobada por unanimidad. El panteón de plata cerraba a las cinco, así que nos hemos dirigido al Palacio Imperial para saber cuándo lo podemos visitar. Le digo al señor guardia, ¿hablas inglés? Y me contesta "un poco, pero tú hablas tan bien el japonés que pregúntame". Un cachondo mental, vamos. Que es muy divertido que Bea se ponga a comunicarse con los japoneses en japonés hasta que la líe gorda. Ya veréis como ese momento no será nada divertido.
De nuevo al bus para parar ante el castillo de Nijo. Ésa es otra cuestión de la que hay que hablar: los mapas. Uno mira el mapa de Kyoto y dices, ah, pues muy bien. De aquí a aquí hay tres manzanas. Error. El mapa obvia otras chorrocientas, así que lo que crees que en un inicio lo haces en unos veinte minutos, son unos sesenta. Ya veníamos con la lección aprendida y no íbamos a picar de nuevo. Al bus que hemos ido con su aire acondicionado.
El castillo estaba cerrado, pero la puesta de sol al fondo ha sido impresionante. Además, en un arranque de valor, Hernán ha cruzado una calle para comprobar qué eran unos jardines que había al otro lado. Se podía pasar, ¡y menudo descubrimiento! Un diamante en bruto...




Para finalizar el día íbamos a adentrarnos en las calles de Gion, Hanamikoji se llama la calle, para ver geishas y maikos en sus "carreras" (las que permite el estrecho kimono). Al encontrarnos la calle cerrada hemos preguntado qué ocurría. En Tokyo nos hemos encontrado con mítines políticos (y políticos que nos saludaban desde el coche cuando no había nadie más. Yo les devolvía el saludo porque soy educada), así que ha sido un planteamiento. Por suerte ha sido una procesión. Nunca había visto ninguna, aunque sí matsuri. Qué modo de tirar hacia arriba y hacia abajo del paso que cargaban, qué energía. Los hemos acompañado hasta el templo.





Un muy buen día de toma de contacto con la antigua ciudad Imperial. Mañana iremos a abrazar sueños: Nara e Fushimi Inari.

"Eh, que nos montamos en el Monoraíl"

Hoy es nuestro último día en Tokyo. La gran urbe comienza a quedarse pequeña y vamos a expandir nuestro horizonte, a quitar niebla de guerra a Nacho y a Silvia.
Yo sigo esperando que un Farfetch'd me caiga del cielo, pero sin conexión a Internet en el móvil me parece a mí que me voy a volver tal y como vine.
Hoy nos ha tocado, tal y como dice Nacho, "musereo". Él comenta que le renta, que le gusta. Así que nos hemos marcado un 2x1. Por la mañana al Tokyo Sea Life, un acuario que se encuentra al este de la ciudad. Lo han modificado un poco desde hace unos años a ahora. Cuando he entrado, tenía en mente que estaba el tanque de los atunes, y ha sido un poco triste ver a unos pezqueñines y a un gran pez luna nadando en un contenedor de agua tan grande. Por suerte, mi memoria me ha fallado y los atunes estaban más adelante. También han cambiado la zona de tocar pequeños tiburones y rayas. Ahora está más organizado, con una persona explicando cómo hacerlo (antes seguíamos las instrucciones de un cartel, pero algún problema habría para que lo cambiarán) y otra atendiendo cómo se tocan los animales para que nadie haga algo de lo que se pueda arrepentir luego, como tocarle la cola a la raya o la boca.
Para llegar hemos tomado el metro, ya lo tenemos dominado, hasta Kasai. Ésa era nuestra intención, pero hemos debido coger el tren rápido que se ha saltado nuestra parada. Sin mayor complicación, ojo. El siguiente tren local de vuelta para que pare donde queríamos y listo. El trecho andado hasta el acuario no ha sido complicado en absoluto, ¡y menos teniendo en cuenta la salida infernal que habíamos tenido en Yokohama! Hernán ha fichado durante la caminata un lugar para comer: un indio. ¡Qué comida! Menudo curry y qué pan indio más rico (nan). 



Y de ver a peces metidos en acuarios nos hemos pasado a ver robots metidos en un museo. Para llegar al Miraikan, que así es como se llama este lugar cogimos el Monoraíl. Automatizado, limpito, azulito, lleno de turistas... y nosotros en cabeza. Como los más turistas de todos los turistas.
El peor momento lo vivió un niño al volver. Iba el primero de todos, hasta que llegaron los cuatro españolitos. Nos colocamos en los asientos delanteros (porque estaban vacíos, no pegamos a nadie para que se fueran) y yo decidí grabar un vídeo de cómo avanzaba el monorail en la noche tokyota. Sin darme cuenta de que llevaba la mochila de la cámara por delante, y no en la espalda. Al cabo de unos momentos escuché unos gemiditos: era el niño siendo aplastado contra el cristal por la mochila de la cámara. Apurada le pregunté en Japo si estaba bien. Sí, me contestó. ¿Te duele? Me negó sin mirarme. Vamos, que sí, que le había hecho daño porque se había comido el cristal como un campeón, pero su honor japonés le impedía decir nada.


Miraikan, no se llama "el Museo del futuro" por nada...



Antes de despedirnos de O-daiba, esa isla artificial que se ha ido construyendo durante el pasado siglo, fuimos a ver la puesta de sol con Tokyo de fondo, el puente Rainbow (arcoiris es demasiado pasteloso) y la Estatua de la Libertad mini que hay. Sabiendo que en el centro comercial había una tienda de Shonen no pudimos negarnos a entrar (sobre todo habiéndola visitado hace dos años y sabiendo lo chula que era). En esta ocasión One Piece era el rey del lugar. Claro, acaban de estrenar la película, no hay que ser un crack de marketing para saber qué quiere comprar la gente...




La base de Fuji Tv. ¡Somos los niños elegidos!


¡Cuánto metro, cuánta gente! Llegará un día en el que lo echarán de menos... Hace dos noches intentamos cenar en un sitio de Okonomiyaki al que Hiro me llevo hace cuatro años, pero llegamos tarde. Así que de esta noche no se nos podía escapar. Y misión cumplida: pudimos disfrutar de un restaurante que tenía el encanto de los locales de muchos años atrás. "No aconditioner. Very hot" ponía en la entrada. Y es que los okonomiyaki se hacen en las planchas que hay en la mesas. Una verdadera belleza.
Por cierto, ¿creéis en las casualidades? Pues ayer mismo se dio una. Nos encontramos a Puyu en este restaurante que os cuento, ¡y no se aloja en la zona! A él se lo habían recomendado, así que conocido es el lugar. ¡Qué cosas!






martes, 26 de julio de 2016

"Eh, que hemos conocido la casa del Emperador"

Más bien ha sido al recinto donde el Emperador tiene su pequeño palacete a donde hemos ido. No sé lo monta mal, claro. Que si una explanadita para jugar al golf, un parquecito para las meriendas del cumple del niño, un estanquito para meter los pies en verano. ¡Incluso una torre desde donde ver el Fuji! Lo tiene todo el lugar éste. Eso sí, hemos visto que Nacho no tenía "ningún respeto" por el gobernante... ¡que si fumando en el recinto del Emperador, que si sentándose en su césped recién cortadito...! Maldito vándalo occidental.




Mari Carmen, pese a que tiene jardín japonés (que ya has visto) creo que te gustará más el que visitaremos en Kanazawa.

Como he hecho las veces anteriores, he ido a presentar mis respetos a los 47 ronin que están enterrados en Senso-ji.
Por cierto, definitivamente estamos rentando el pase de tres días de metro. Despreocuparse por qué línea de metro usar (hay dos empresas diferentes) es un lujo para no quebrarte la cabeza a la hora de realizar trayectos de mayor o menor distancia.
Con el incienso repartido por las 47 tumbas y el estómago cenando hemos dirigido nuestros pasos hacia Shinagawa, donde fui a ver hace cuatro años un desfile de geishas y donde Hernán se alojó cuando vino a trabajar en diciembre. El planteamiento era comer en una galería de tascas y restaurantes donde disfrutaron mucho. Para nuestra desgracia estaban cerrados, sólo habrían a partir de media tarde. Otra mujer nos había insistido mucho desde la puerta de un restaurante para que entráramos. Qué agobiante, casi nos tenía la mesa preparada. Nos acabamos alejando de la estación de metro, pero comimos un ramen bien rico.


Yokohama nos esperaba para ver "China town" de día y disfrutar de nuevo de su bahía por la noche. ¿Dónde cogemos el metro? Nuestro instinto nos marcaba una dirección, pero como aquí los planos, las distancias y los metros están donde Buda les da a entender, pues tampoco éramos conscientes de si elegíamos lo correcto. Un japonés de un bar español nos dijo en perfecto japonés (porque no sabía nada de nuestra lengua) que fuéramos a la estación de tren a preguntar a la policía. Un hombre de la calle se reía, ¿andando al metro? Id a la estación y de allí deberíamos tomar un tren para retroceder en el espacio y luego otro que nos llevaría a Yokohama. La opción de regresar hasta Tokyo central nos ha parecido una tontería absurda (a nosotros, que no somos de aquí, que no tenemos experiencia).
Hay que decir que a esta gente andar diez minutos o ir en bicicleta media hora (como nos ocurrió el otro día) parece una tortuosa pesadilla. Imaginas lo que sería el ponerse a dar vueltas buscando un metro. Impensable. Pero nosotros lo hemos hecho, y lo hemos logrado. Metro cogido hasta Yokohama.
¡Menuda siesta nos hemos pegado! Yo escribía y me quedaba dormida con el móvil en la mano. ¡Tres veces escrita la misma palabra en una frase! Una detrás de otra. Palabras que me como... un poco desastre, así que he dimitido. Con el beneplácito de Hernán para que me echara una cabezada porque él se quedaba despierto, he cerrado los ojos y a dormir. 


"Yokohama" ha resonado en alguna parte de mi cerebro e ipso facto he abierto un ojo. ¡La siguiente parada! El centinela había caído en su guardia... aunque despertó en el segundo en el que yo iba a hacerlo.


Pronto hemos espabilado porque nos hemos encontrado en una estación atestada de gente. Hemos salido, entrado sin saber por dónde ir. Hace dos años vinimos en tren y no en metro. Era otra estación, hemos caído en la cuenta. En información tienen la manía de casi obligarte a usar un medio de transporte que no sean tus piernas. ¡Que no había nada interesante por la zona! Pero señora, usted deme posibilidades y yo ya elegiré yo qué hacer. Por si fuera poco ha llovido, pero estamos preparado para ellos. ¿Veis qué bien? Protegidos contra terremotos, incendios, lluvia y tsunamis (en Yokohama hay muchas señales y explicaciones sobre qué hacer en caso de...).
Os escribo esto desde el tren y no me deja de sorprender el "horror vacui" constructivo de esta civilización. No he dejado de ver edificios, centros comerciales, neones, carteles... desde que salimos de Yokohama (que está a 25 km. de Tokyo).


Si bien hace dos años estuvimos en la bahía, esta vez hemos empleado un poco más de tiempo y hemos llegado hasta "China Town". Un poco de mentirijilla, como dice Nacho, porque había poco chino y mucho japo. Obviamente la noche en la bahía no podía faltar, con sus licencias, su noria... esas cosas típicas que ves en la típica noche japonesa en Yokohama.




La vuelta ha ido peor: mucha gente, mucho cambio de tren, una chica hablando con Nacho y Hernán sobre el hijo y el marido que tenía en Francia y España... y diciendo que ella cuando se toma las pastillas no es así. Un show.
Teníamos ilusión por tomar Okonomiyaki hoy para cenar en un sitio muy chulo, a la antigua usanza, que me enseñó Hiro hace cuatro años. Lo hemos encontrado, pero era demasiado tarde, había cerrado. Esperamos que mañana sea el día, porque abandonamos Tokyo ya...


La chapa que les ha dado...






"Eh, que hemos conocido la casa del Emperador"

Más bien ha sido al recinto donde el Emperador tiene su pequeño palacete a donde hemos ido. No sé lo monta mal, claro. Que si una explanadita para jugar al golf, un parquecito para las meriendas del cumple del niño, un estanquito para meter los pies en verano. ¡Incluso una torre desde donde ver el Fuji! Lo tiene todo el lugar éste. Eso sí, hemos visto que Nacho no tenía "ningún respeto" por el gobernante... ¡que si fumando en el recinto del Emperador, que si sentándose en su césped recién cortadito...! Maldito vándalo occidental.

Mari Carmen, pese a que tiene jardín japonés (que ya has visto) creo que te gustará más el que visitaremos en Kanazawa.

Como he hecho las veces anteriores, he ido a presentar mis respetos a los 47 ronin que están enterrados en Senso-ji.
Por cierto, definitivamente estamos rentando el pase de tres días de metro. Despreocuparse por qué línea de metro usar (hay dos empresas diferentes) es un lujo para no quebrarte la cabeza a la hora de realizar trayectos de mayor o menor distancia.
Con el incienso repartido por las 47 tumbas y el estómago cenando hemos dirigido nuestros pasos hacia Shinagawa, donde fui a ver hace cuatro años un desfile de geishas y donde Hernán se alojó cuando vino a trabajar en diciembre. El planteamiento era comer en una galería de tascas y restaurantes donde disfrutaron mucho. Para nuestra desgracia estaban cerrados, sólo habrían a partir de media tarde. Otra mujer nos había insistido mucho desde la puerta de un restaurante para que entráramos. Qué agobiante, casi nos tenía la mesa preparada. Nos acabamos alejando de la estación de metro, pero comimos un ramen bien rico.
Yokohama nos esperaba para ver "China town" de día y disfrutar de nuevo de su bahía por la noche. ¿Dónde cogemos el metro? Nuestro instinto nos marcaba una dirección, pero como aquí los planos, las distancias y los metros están donde Buda les da a entender, pues tampoco éramos conscientes de si elegíamos lo correcto. Un japonés de un bar español nos dijo en perfecto japonés (porque no sabía nada de nuestra lengua) que fuéramos a la estación de tren a preguntar a la policía. Un hombre de la calle se reía, ¿andando al metro? Id a la estación y de allí deberíamos tomar un tren para retroceder en el espacio y luego otro que nos llevaría a Yokohama. La opción de regresar hasta Tokyo central nos ha parecido una tontería absurda (a nosotros, que no somos de aquí, que no tenemos experiencia).
Hay que decir que a esta gente andar diez minutos o ir en bicicleta media hora (como nos ocurrió el otro día) parece una tortuosa pesadilla. Imaginas lo que sería el ponerse a dar vueltas buscando un metro. Impensable. Pero nosotros lo hemos hecho, y lo hemos logrado. Metro cogido hasta Yokohama.
¡Menuda siesta nos hemos pegado! Yo escribía y me quedaba dormida con el móvil en la mano. ¡Tres veces escrita la misma palabra en una frase! Una detrás de otra. Palabras que me como... un poco desastre, así que he dimitido. Con el beneplácito de Hernán para que me echara una cabezada porque él se quedaba despierto, he cerrado los ojos y a dormir.
"Yokohama" ha resonado en alguna parte de mi cerebro e ipso facto he abierto un ojo. ¡La siguiente parada! El centinela había caído en su guardia... aunque despertó en el segundo en el que yo iba a hacerlo.
Pronto hemos espabilado porque nos hemos encontrado en una estación atestada de gente. Hemos salido, entrado sin saber por dónde ir. Hace dos años vinimos en tren y no en metro. Era otra estación, hemos caído en la cuenta. En información tienen la manía de casi obligarte a usar un medio de transporte que no sean tus piernas. ¡Que no había nada interesante por la zona! Pero señora, usted deme posibilidades y yo ya elegiré yo qué hacer. Por si fuera poco ha llovido, pero estamos preparado para ellos. ¿Veis qué bien? Protegidos contra terremotos, incendios, lluvia y tsunamis (en Yokohama hay muchas señales y explicaciones sobre qué hacer en caso de...).
Os escribo esto desde el tren y no me deja de sorprender el "horror vacui" constructivo de esta civilización. No he dejado de ver edificios, centros comerciales, neones, carteles... desde que salimos de Yokohama (que está a 25 km. de Tokyo).
Si bien hace dos años estuvimos en la bahía, esta vez hemos empleado un poco más de tiempo y hemos llegado hasta "China Town". Un poco de mentirijilla, como dice Nacho, porque había poco chino y mucho japo. Obviamente la noche en la bahía no podía faltar, con sus licencias, su noria... esas cosas típicas que ves en la típica noche japonesa en Yokohama.
La vuelta ha ido peor: mucha gente, mucho cambio de tren, una chica hablando con Nacho y Hernán sobre el hijo y el marido que tenía en Francia y España... y diciendo que ella cuando se toma las pastillas no es así. Un show.
Teníamos ilusión por tomar Okonomiyaki hoy para cenar en un sitio muy chulo, a la antigua usanza, que me enseñó Hiro hace cuatro años. Lo hemos encontrado, pero era demasiado tarde, había cerrado. Esperamos que mañana sea el día, porque abandonamos Tokyo ya...

lunes, 25 de julio de 2016

"Eh, que hoy hemos subido a lo más alto de Tokyo"

¡Guau! Menudo día. Tal y como decidimos, ayer compramos el pase de metro para poder desplazarnos con mayor agilidad por la ciudad. Nacho ha aprendido a moverse con ello. Dice que ya no tendría problema en regresar al albergue si le soltamos en un punto de Tokyo.
Para que no apretara el calor (por cierto, está siendo muy, pero que muy bondadoso con nosotros el tiempo) nos desplazamos hasta el Parque Yoyogi lo primero de todo. El templo Meiji, que es una preciosidad, ha sido lo que hemos visto antes de nada. Ya las chicharras nos han comenzado a acompañar durante el paseo hasta el complejo. Vamos, que el bochorno empieza a asomar.
Esta vez, y por extraño que parezca, no hemos presenciado una boda. Las anteriores veces parecía que nos la preparaban para nuestra llegada. “¡Oh, que llega un grupo de occidentales! Cada uno a sus puestos.”  Qué le vamos a hacer. En su defecto hemos intentado sustituir ese recuerdo por un sello del templo. He de comentaros que aquí hay sellos para estampar en muchos sitios: desde museos hasta templos. Los japos van sellando libretas. Me imagino hace cien años, que en vez de atestiguar que estuviste en un sitio a tus amigos en el bar con el Facebook, sacabas tu cuaderno cosido a mano y lleno de sellos estampados por ahí (como los sobres típicos de viajes que acaban con sellos hasta arriba). Y ahí iban los samuráis, sellito por aquí, sellito por aquí. Pues nosotros de la misma manera, sellito arriba, sellito abajo.
En un principio he ido a preguntar a una chica que vendía cosas en el templo si podía usar el sello que tenía ella al lado. Me ha mandado a un lado a no sé qué cosa. Como no nos ha quedado claro si no lo puedo utilizar, si es para las tablillas de oración o para qué narices guardaba con tanto recelo el sello; Silvia ha ido a preguntar en inglés. Misma contestación en japonés y movimiento de brazo indicando el sitio al que me había mandado. ¡Pero no os preocupéis! Podéis dormir tranquilos está noche porque hemos encontrado otro sello que estaba sin custodiar. Así que lo hemos utilizado a placer (y tapado para que la tinta no se seque. Que se note lo educados que nos tienen).
¡Por cierto! Hernán nos ha contado que hay unas marcas en las columnas que están junto al lugar de oración porque hay un rito en el que la gente lanza las monedas desde abajo de las escaleras. Muchos tienen la puntería donde Buda les da a entender y acaban golpeando la columna y todo lo que se le ponga por delante. Así está la arquitectura del edificio, con unas incisiones curiosas en la parte frontal.
Tras ello hemos ido al parque Yoyogi. Pese a que ha sido una vuelta pequeña, se ha disfrutado del verdadero encanto del parque: los cuervos. Esos bichos negros que, por su tamaño, pueden comer niños. Se colocaban en las copas de los árboles para picotear pequeños frutos y las ramas se vencían. No viven mal esos cuervos desde luego.
En nuestra ruta por la zona de Yoyogi no podía faltar Takeshita dori. Una calle con multitud de tiendas de ropa a los lados. Bien podría ser la Fuencarral tokyota. De unos años a aquí he notado un buen cambio. Cada vez tienden más las tiendas a lo kawaii, colores más pastel, más tiendas de crepes con nata... Más niñas con vestidos y can-can...
Era la hora de comer y como ayer nos quedamos con las ganas de ir a probar en los bomberos el simulador de terremotos en Ikebukuro, ¡para allá que hemos ido! La idea era comer primero y para ello encontrar el lugar donde estuvimos hace dos años. ¡Bingo! No ha sido complicado: ABC se llamaba.
Ya con el estómago lleno hemos ido a que Silvia y Nacho aprendieran a saber qué hacer en caso de terremoto, incendio, etc. El manual básico de cualquier turista que se precie, vamos. Y han terminado con un carnet de los bomberos de Ikebukuro, así que mal no lo han hecho. Claro, y con el sellito estampado en nuestro cuaderno.
En esta ocasión a todos los que hemos ido a esta experiencia (dioses, cada vez hay más turistas) nos han dado la posibilidad de experimentar el terremoto de marzo de 2011. ¡Nunca me dejaré de asombrar comprobando cómo desliza la tierra a cinco adultos agarrados a una mesa! A una familia, a quienes han dejado los últimos, les iban a poner un terremoto suave, para primerizos, pero el niño se ha puesto a berrear cosa mala.
El siguiente paso ha sido utilizar un extintor contra un fuego (que están dentro de un vídeo, no os asustéis, madres) y por último salir de una casa llena de humo. Entre Nacho yendo agachado con sus patas largas y Hernán dando saltos como una rana ha sido un espectáculo.
Mamá, siempre dices que de mayor quieres ser como los japoneses. Pues mira, al poner los sellos en la libreta me he dejado una bolsa en el mostrador de los bomberos. ¿Y qué ha ocurrido? Que apenas habíamos cruzado una manzana cuando una mujer ha llegado corriendo a devolvérnosla. Son todo amor.
Ya avanzaba la tarde y era hora de acercarse a ver la ciudad desde las alturas. Así que hemos tomado el chikatetsu (metro) desde el norte hasta Shinjuku, para subir al piso 45 del Tōcho y ver caer al sol. La ciudad se iba iluminando poco. Una maravillosa imagen para las retinas.



Cuando hemos vuelto a poner los pies en la tierra, Hernán nos ha llevado a Kabukicho. Se llama así porque era en este sitio donde se situaban los teatros de Kabuki, las fiestas, el jolgorio, las risas... esas cosas. Me ha impresionado gratamente, he de decir. Cuando llegué por primera vez, hace seis años (se dice pronto), estaba casi vacío, señores con chicas, japoneses mazados en las puertas y lo de las fotos no parecía que estuviera muy bien. Quizá fue un mal momento, una mala calle, un mal día. Hoy se respiraba un ambiente totalmente diferente. Lo definiría como un Akihabara para adultos. Hemos llegado a los cine Toho, que tienen un gran Godzilla en su tejado; hemos puesto el sellito de rigor dentro... cosas de samuráis, ya sabéis.




La última parada de hoy era Shibuya. El gran cruce de Shibuya.
La verdad, a estos dos no sé si después de ver toda la gente y luces de Akiba y Shinjuku les habrá impresionado el cruce de este barrio. Una pena también que hoy esté poco transitado (no sabemos por qué). Ni mucho coche, ni mucha gente.
Ojo, no mucha gente para lo que suele ser Shibuya, porque los plantas en Madrid y te cierran el tráfico.
Son cosas que ocurren que suceden. Hay que improvisar.





domingo, 24 de julio de 2016

"Eh, que hoy hago copia de seguridad"

Obviamente, después del INCIDENTE de ayer, no vuelvo a publicar (o al menos intentarlo) ningún post sin haber copiado el texto antes. De todo se aprende, claro.
Hablábamos antes Hernán y yo que, al fin, van conociendo el verdadero Tokyo Silvia y Nacho. Ya han tomado conciencia de las bicicletas, de la educación de la gente, de la inexistencia de las papeleras, de los puestos de trabajo que nos parecen absurdos (el que saluda delante de las obras, el que te da un mensaje en el ascensor...), pero que reducen impepinablemente el paro del país.
Hoy los hemos acercado al centro de Tokyo.

Tampoco vayamos tan deprisa, porque el centro de Tokyo ha sido por la tarde. A primera hora nos hemos ido, en realidad, de la urbe. Hay que tener en cuenta que el área urbana de ToKyo se extiende hasta donde te dé la vista. Es como un eterno Alcobendas-San Sebastián de los Reyes, que se separan por una calle. Hemos viajado hoy hasta Kawagoe, pero nunca hemos dejado de ver edificios. Hemos atravesado Saitama, pero no hemos visto a Shin-chan. Hemos tardado una hora en llegar, pero parece que hemos retrocedido en el tiempo. Y esto es porque a Kawagoe se la conoce como el "Pequeño Edo" ya que en una parte de la ciudad aún se conservan edificios de hace más de cien años.
Antes de tomar el tren nos hemos detenido en la estación de Ikebukuro a comprar los pases de metro de tres días y así podernos mover con facilidad entre largas distancia. Pensar en cruzar la ciudad en bicicleta de nuevo hace que mi coxis grite. No, gracias. No soy de aquellas a las que les gusta conocer las ciudades por su sub-suelo, pero he de reconocer que, en ciertas ocasiones, merece la pena para poder destinar el tiempo invertido en aquello que vamos a visitar.
A lo que íbamos, Kawagoe, la pequeña Edo. He de deciros que me esperaba otra cosa, una zona turística más cuidada, de mayor tamaño, no sólo una calle con casas antiguas por donde, encima, hay una carretera por donde pasan los coches y destrozan la magia que podía tener. Para más inri, la torre del reloj estaba siendo arreglada/restaurada. Os podéis imaginar el glamour y el rigor histórico que otorgan unas lonas que recubren las obras. Divino. No sé por qué no aparece en las guías de viaje. 



Hemos pasado por un templito donde se oían rezos la mar de salados. Yo, incluso, he pensado que era una procesión que venía hacia ese lugar. Pero no hemos tenido tanta suerte, era una grabación muy realista. Cerca, porque es este pueblo todo está muy cerca, había otro recinto sagrado (esta vez mayor y sin coches en medio, como sucedía en el anterior).
Es cierto que la zona es bien bonita. Las casas tienen su encanto, pero estamos a punto de redactar un escrito al ayuntamiento de Kawagoe para que la calle antigua sea sólo peatonal. Eso sí que sería sacarle jugo a un lugar turístico. Parece mentira, japonesitos, que no sepáis cómo se hacen bien las cosas.
¿Qué cosas tampoco saben hacer los japos? Las bebidas. Hoy a Hernán le ha dado por investigar en las máquinas expendedoras de bebidas. Si bien por la noche ha comprado una Fanta de manzana (que todo genial), por la mañana ha comprado un bote de uva que decía "Agítame 10 veces antes de abrir". ¿Qué será, será? Hace palanca con la anilla. Todos expectantes... ¡toma espuma! Pero ahí no acaba la diversión... toma un sorbo y ... ¡fiesta! Una bebida con trocitos de gelatina, medusa, ser viscoso, pero sabroso en su interior... ¡Ñam, puntazo para Kawagoe!
En un comienzo habíamos planteado el día con la visita a Kawagoe, pero apenas llevábamos unas horas allí cuando tampoco había más que visitar. Nos llevábamos una bonita visita a un templito, una calle antigua atestada de coches y un sorbo de gelatina de uva.




De vuelta en la gran urbe, en Ikebukuro, hemos decidido que podíamos pasarnos por la estación de bomberos para experimentar los terremotos y que Silvia y Nacho aprendieran qué hacer en caso de que haya uno. Ayer en la torre de Tokyo, me puse a pensar en ello a no sé cuántos metros de altura y no me hizo mucha gracia. Por desgracia, cuando hemos llegado había acabado el último turno hacía apenas diez minutos... Seguro que les habría hecho gracia.
Nada más salir de allí nos hemos topado con una concentración de personas en una plaza. Todos ellos jugando al Pokemon Go. ¿Por qué estarían todos ahí? Nacho me hababla de eventos para Pokemon especiales y yo me maldecía por no tener Internet. Presiono el botón de Wi-Fi y... ¡tachán! Red Wi-Fi gratuita de Tokyo (¿suerte? ¿casualidad? no lo crero). Así que me he puesto a cazar Goldeen, Pinsir, Horseas y malditos doduos que hay por todos lados.



No os penséis (como Mery se plantea que hago), que me paso el día con la pantalla pegada a la nariz buscando Pokemon. No tengo Internet ni adicción por este juego. Así que a los diez minutos hemos abandonado la congregación de zombies y nos hemos marchado a por otra droga: batdos de chocolate del McDonalds. ¿Por qué no los tienen en España? Ojo, que por una parte doy gracias por ello. Sería tanto terrible resistir la tentación a tomarlos como a no poder escapar a sus encantos día tras día. 



Y tal y como os he cometnado al inicio, llevamos a nuestros hermanos al centro de la ciudad: Akihabara. Tal y como dice Nacho, "Ni París ni leches, esto es la ciudad de la luz". 


 

Akiba, I lofff you

Colores, bombillas, sonidos ,gente , movimiento. Eso es Akihabara o Akiba para los amigos. Lo primero de todo ha sido entrar al Book-Off, esa cadena de tiendas donde la segunda mano hace los estragos en los bolsillos de las buenas personas como nosotros. Nacho ha caído en sus garras, no hemos podido salvarlo.


¡Lo hemos perdido!



Hemos evitado que cayera en shock gracias a que lo hemos sacado del edificio. Aunque hemos acabado en los recreativos del Taito Building y el Club Sega, lo que tampoco ha sido una gran ayuda. Videojuegos, luces, sonido... estímulos en 360º... Y para finalizar la función: un Purikura. Fotomatón donde la belleza no tiene límite, donde lo divino y lo humano se entremezclan para dar forma a los seres andróginos que imprime esa cámara... Toda una experiencia que adoro.


Seres andróginos al imprimirse la foto


Y como no me gusta conocer las ciudades por el sub-suelo, hemos vuelto andando al albergue. No se han quejado en ningún momento, sendas madres, muy bien educaditos los tenéis. Ah, ya en su camita, con el pijamita y casi arropaditos, muy bien cuidados.
Para que os quejéis... ¡Hasta mañana!





"Eh, que hoy no hay post"

Gracias al magnífico Internet que hay en Asakusa Smile, hoy no habrá blog.

Después de una hora escribiendo, al ir a publicar, todo se ha borrado por la inexistencia de envío de datos.

Nacho dice "haber venido".