lunes, 3 de julio de 2017

Día 4: petróleo en los pies

Hoy sí que sí hemos comenzado nuestro road trip. Maletas preparadas, cargador del móvil, GPS y unos asientos cómodos para los cientos de kilómetros que van a soportar nuestros culitos de bebés en ellos.
Es llamativo la cantidad de coches que hay en todos lados. ¿No son capaces de salir a la esquina a comprar una revista sin él? Está visto que no. De hecho, ayer vi a una chica con sus gafas de sol y su pelo alisado conduciendo un cochazo tuneado, con llantas rosas y un vinilo en las ventanillas de detrás donde se leía su perfil de Instagram y un icono de la red social. Fascinante.
Nuestra primera parada ha sido Santa Bárbara, un pueblito fundado por españoles y que es una monada (el centro). No penséis que está tal y como un día se levantó. El estilo me recuerda más a lo que encuentras dentro del parque de la Warner, pero hemos encontrado ciertos edificios antiguos que merecían mucho la pena. Para no romper el espíritu de los primeros pobladores de la tierra acabamos comiendo en un restaurante criollo. ¡Menudo descubrimiento, qué cosa tan rica! Lo que sí que sí ha sido impresionante ha sido la compra que hemos realizado en Levis.
A mí me han dicho que en julio lo normal es que en este hemisferio haga calor, y la televisión lo que me ha enseñado de California son chicos y chicas buenorros haciendo surf y tomando el sol en las playas. Pues no parece que ninguna de las dos situaciones se haya conjugado... Y yo, feliz de mí he venido con unos leggings "just in case". Pues sí, ya te digo yo que sí se va a dar el caso y en Frisco que hace fresco... Pues más.
Así que hemos visto que había rebajas y nos hemos planteado coger unos. Pero claro, nos han plantado en la cara vaqueros por 20 euros y hemos pensado, pues sí que hay rebajas, sí. Vamos, que no vamos a pasar frío en San Francisco ya, que no os preocupéis.
Lo que no ha sido tan fácil de encontrar ha sido la crema de protección. A mí parece que se me va a caer la nariz de lo morena que está, vamos, como cuando uno va a esquiar. Un dálmata parezco. Y no era plan de seguir con esta moda absurda, así que hemos ido a buscar una tienda/farmacia. Increíble. Una sola crema solar en un local grande, pero tenías pastillas para todas las.enfermedades habidas y por haber.
Decía Astérix de los galos, menos mal que no cruzaron el charco. Tremendo.
Ya en la playa hemos tenido dos sucesos llamativos. Hemos encontrado petróleo, o éste nuestros pies. Menudo asco, se nos pegaban luego las plantas a las zapatillas, tremendo. No sabemos si quemar las toallas, cortarnos los pies o simplemente aceptar nuestro fatídico destino.
El otro suceso ha ocurrido en un momento en el que yo dormitaba (Eva ha confirmado que yo he dormitando en todo momento según me he tumbado sobre la playa) y pensaba... En este país con costumbres tan raras, ¿Cómo verán lo de hacer topless? Pues ya me ha confirmado Eva que muy mal, que está hiper prohibido a nivel federal. Vamos, que pasas la noche en la cárcel. Y
Y ha sido en ese preciso momento en el que yo, tumbada boca abajo, tenía el bikini desabrochado y se ha acercado un vigilante de la playa. Uno de estos rubitos rizado, tabla y bañador rojos. Ale, ya nos van a llamar la atención, hemos pensado. Pues no, venía a pedirnos el teléfono, pero se ha inventado la siguiente excusa "chicas, podéis quedaros todavía , pero yo ya me voy". Increíble. El socorrista avisa a cada uno de los bañistas para decirles que se pira, que se acaba su jornada laboral. No me imagino yo a uno en Málaga haciendo lo propio.
De nuevo a nuestro querido Nissan otra horita para llegar a Morro Bay. Un pueblito enano que tiene turismo, según nuestra deducción, porque está a medio camino entre San Francisco y Los Ángeles. Un buen punto de parada, vamos. Que tiene un peñón bonico para ver el atardecer, que si tiene leones marinos en el puerto... Pero ya. Y será que no hay puntos en la costa oeste con leones marinos y peñones para ver atardeceres.
Ahora ya toca meterse en la ducha a intentar sacar el petróleo estadounidense de las plantas de los pies y meterse a dormir.
Mañana llegaremos a Frisco por la tarde, pero pararemos en Monterrey y quizá algún punto del Big Sur. Por desgracia hace poco más de un mes un deslizamiento de tierra tapó parte de la carretera y ha quedado inutilizada, así que no podremos ir por la costa. Otros encantos veremos, no os preocupéis.

Día 3: ¿Calor en California?

Tras dormir a pierna suelta (qué suerte tengo con el jet-lag que no ha hecho presencia en el viaje) he amanecido con ganas de andar. La idea era visitar el cementerio de Forever Hollywood. La verdad es que en Londres vi que resultaban visitas interesantes, y como en Japón tampoco me defraudó, me planteé la visita de hoy como algo diferente hasta que Eva aterrizara.
Tras una caminata de una media hora desde el albergue y con la radio americana en los oídos he llegado hasta el  punto señalado en el mapa. Me ha dejado un tanto fría. Bien es cierto que sin un plano del sitio, es difícil encontrar a gente como Hitchcock, pero por otra parte no era nada del otro mundo (escultóricamente hablando) aún habiendo lápidas y tumbas de finales del XIX. Lo que sí me ha llamado la atención es que colindante estaba el estudio de la Paramount y se podía ver, no sólo el "típico tanque de agua", sino unas paredes de decorados exteriores.
Visto lo visto, lo mejor era ir a Santa Mónica a comer en la playa.
Sigo pensando en lo verdaderamente cómodo que es el transporte público en LA. Obviamente tendrá que serlo a la par que cómodo si no quieres que tus convecinos vayan a por el pan en coche (que lo hacen). De esta manera, cogí un metro hasta el centro y de allí a la mismísima playa. Todo un lujo.
Por desgracia el día no acompañó y antes de ir al aeropuerto a por Eva sólo pude darme un paseo por la arena. El muelle de Santa Mónica con su noria, su restaurante de Forrest Gump... Muy mono, pero cierto es que hubiera sido mejor si el sol hubiera acompañado.
Una vez que nos encontramos Eva y yo (que tensión porque a mí se me acababa la sesión WiFi del aeropuerto y ella no salía del avión), cogimos un autobús que nos llevaba hasta la empresa de coche de alquiler. Bueno... Menuda vuelta por el aeropuerto. Tanta que volvimos a la terminal donde había aterrizado Eva minutos antes. Otra aventura para contar, sumada al trasiego que supuso hacer los papeles del alquiler.
Una vez con nuestro super Nissan fuimos al Getty Museum. Una verdadera pasada en cuanto a mirador y jardines se refiere. En cuanto a colección... Poco podemos decir porque no nos dio tiempo a entrar. Una cena rápida y a dormir, era la idea. Pero América nunca deja de sorprenderte, amigo, y esta noche nos dejó una convención low raider en la puerta del albergue.

domingo, 2 de julio de 2017

Día 2: Hollywood y la gente extraña americana

Mi capacidad de dormir a veces me asusta. Pese a que dormí en el avión todo lo habido y por haber (ni un capítulo de Fargo llegué a terminar, con eso lo digo todo), no tuve problema en seguir con Morfeo hasta la mañana. Eso sí, con "salseo" de por medio.
A eso de las doce de la noche se abre la puerta y aparecen tres compañeras de habitación con el chico de la recepción, (muy alborotadas ellas). El chaval pide a una de las chicas que abandone la habitación (¡La que ayer pedía que se apagara la luz!). Y se comenzó a liar... Que si yo he pagado la habitación, que si te devolvemos el dinero, pero tienes que irte; las otras casi gritando que no se puede estar con esta chica porque no respeta las normas, la otra diciendo que ha pagado, el otro que si la recuerda de otras veces y que ya la había liado con anterioridad... Tan incongruente como suena fue. Y en un momento que me levanto a mirar la hora me preguntan que si yo me quiero ir de la habitación. Y yo... Lo que me faltaba, ponerme a las doce de la noche a moverme... Como no era mi batalla, en la habitación me quedé.

Esta mañana la chica nos pregunta que si había hecho algo mal. Tras dos minutos vimos que es que estaba un poco tarada porque se decía repetidamente cosas en alto. Aún así, tras pasar más de 24 horas en Los Ángeles puedo decir que es el lugar donde más tarados por metro cuadrado me he encontrado: gente hablando sola en la calle, gente tirada hablando consigo misma...

Después de meterme un grato desayuno para el cuerpo he decidido que lo mejor era ir al centro de la ciudad porque no es muy turístico. En metro apenas he tardado 15-20 minutos y por sólo 1'75$. Muy apañado todo.
Una vez en el centro he dado una larga vuelta de cuatro horas por los edificios gubernamental, el barrio llamado little Tokyo (restaurantes y tiendecillas, pero nada fuera de lo común). Dentro del downtown , lo más llamativo ha sido "el pueblo". Vamos, el inicio de LA. La verdad es que es raro que no dejarán este nombre "La virgen del pueblo de Nuestra Señora de los Ángeles". Allí han juntado por grupos a chavales que, cada tres años congregan antes de ir a la universidad. 600 chicos, me ha dicho el guía. Pues fue en ese lugar donde los primeros españoles se afincaron, ¡y queda aún en pie una de las casas de entonces! Uno de los guías, muy majetes ellos, me intentaba explicar quién era Carlos III, ahí delante de una estatua que habían donado los reyes hace unos años... Pero tras su charla me ha recomendado encarecidamente ir a la Union Station, ¡Guau! Vaya que sí ha merecido la pena... Qué cosa tan bonita de estacion.
A partir de entonces me interné a andar por toda la zona centro, los distritos que llaman Little Tokyo, Fashion district, Broadway, e imagino que el llamado financiero con sus bancos y rascacielos. Cuánta gente diferente, tan pronto te vendían un spinner con forms de cubo como una escultura de Jesús de un metro. Vendedores de helado en carros con campanitas, o algunos con un radio cassette de los 90 retransmitiendo fútbol de algún país de Sudamérica.

No paro de dar vueltas a la cantidad de "locos" que hay. Mucha gente se mueve raro de lado a lado de la acera, hablan consigo mismo, medio gritan... En Hollywood una mujer tenía un cartel en el que leía " I date insane women" y un hombre mayor otro aludiendo que se había ido con su novia porque su mujer se había realizado una operación de cambio de sexo. Más allá de la multiculturalidad que existe: chinos, gente de Sudamérica, coreanos... Gente que parece una mezcla entre chino y Sudaméricano enfadado... Vamos, que te ponen la pañoleta y vives en el GTA.

Tras andar cuatro horas decidí comer en un Subway, pretendiendo buscar un enchufe para cargar el móvil. Tachado de la lista, ni Wi-Fi ni enchufe, pero me aportó dos cosas: un buen y rico bocata y otra historia para la lista. Entra un indigente (por llamarlo de alguna manera) y tras un rato sentado me pide la hora, luego mi nombre y posteriormente mi número de teléfono, por ese orden. Educado era, ¿Eh? Fue paso a paso. Entonces apareció la seguridad de distrito y mi ligue de dos minutos desapareció tan rápido como había llegado.
La idea tras comer era volver a Hollywood a ver el paseo de la fama, ya que pilla al lado del hotel. Justo antes de entrar en el metro vi a unos niños jugando en una fuente. Me llamó la atención porque parecía que andaban sobre las aguas y allí me senté un rato. Y, ¡Oh, qué ven mis ojos! Un Starbucks. Ahí sí que tienen enchufes y Wi-Fi, en España no es una hora intempestiva. Así que entre un batido/crema/algo de mango y una coreana con su café pasé el rato.

De nuevo al metro(*), a la línea roja que une el centro con Hollywood para regresar. Está vez iba algo más lleno, pero no era la línea 6 de Madrid en hora punta. La verdad es que es un medio de transporte muy cómodo, con su tarjetita contactless, con sus 7 minutos de espera, con sus mujeres que vuelven de trabajar y te cuentan que tienen vacaciones pagadas, pero libran sólo los martes... No se le puede pedir nada más a un metro a las cinco de la tarde.
Una vez en el paseo de la fama no hay mucho más misterio. Avenida hacia arriba, avenida hacia abajo. Tenía la misión de encontrar la estrella de M. Monroe para Nino y había que lograrlo. Sorteando vendedores de tour por las casas de los famosos, tiendas de ropa exótica, erótica, extrambótica; gente hablando sola... Se ven innumerables nombres de grandes personalidades del mundo de la imagen y el sonido. Aún hay muchas estrellas vacías. ¿Quién decidirá el orden y la posición de los nombres en la avenida? ¿Pagarán los comercios por tener a una personalidad delante de sus puertas? Dudas de hoy y de mañana (si Google no las resuelve). Me puse a buscar el teatro Kodak y no lo vi, "mira que es raro" me dije. Así que acabé en el teatro chino, donde las huellas de las estrellas están en el cemento de la acera (como las mías en Santa Cruz, vaya, tampoco hay que ponerse celosos). Y una vez allí, ya situada decidí buscar el Kodak. Boba de mí, que le habían cambiado el nombre a Dolby. Ya sabía yo que el edificio me sonaba, pero no iba a ir diciendo he estado en el Kodak cuando era el Dolby (ahora ya, segura de ello, sí que lo confirmo). Situado en un gran complejo de compras, escaleras arriba, abajo, bailes en las calles. Todo muy peliculero.
Ahí no termina la historia, dos calles más allá me invitan a una película sobre el potencial del cerebro humano y cómo alcanzar la felicidad. No iba a entrar, pero por mera curiosidad alzó la vista hacia el lugar de la proyección y veo un gran cartel iluminado por las letras de "Cienciología". No, gracias. Ya esta mañana me habían mirado con ojos golosos en El Pueblo desde el interior de una Iglesia metodista, dos veces era demasiado.
Con ganas de cenar algo y caer redonda en la cama, me traslado (ya sí) a la habitación que creíamos tener reservada desde el primer día. Apenas me había acomodado cuando aparece un chico de Sudarabia y me empieza a hablar. Muy majete él, pero yo quería escribir el blog. Así que allí estuvimos hablando de lo humano y lo divino (literalmente) durante una hora y pico. Afortunadamente, y como decía él, la hierba le daba hambre y se fue a cenar. Yo caí semi - inconsciente. Hablar de las bondades económicas de su país, de cómo ambas lenguas podemos decir "ja" fuerte, y los preceptos del Islam me habían dejado KO.
Hoy llega Eva, mientras tanto me acercaré a un gran cementerio que hay por aquí y a Santa Mónica (a ver si sale el sol, por favor).

*Estoy en el metro y mis ojos están viendo a un chaval con un cepillo incrustado en el pelo.

No sé por qué, pero Blogger no deja subir esta vez fotos...


viernes, 30 de junio de 2017

De aventuras por las Américas

Aún recuerdo perfectamente por qué no acabé de mostrar las andanzas por Japón tras pisar Nara... Después de escribir un largo texto durante casi media hora, incrustar las imágenes y blablabla, Blogger dio un problema, y la entrada se fue al garete. Cierto es que aprendí la lección: guarda el texto o cópialo de alguna manera (como si es en una tablilla de cera) por si le da a la red por no funcionar.
Ahora os escribo sobre la Bahía de Hudson, que así a ojo parece tan grande como la Península. De nuevo en un viaje de once horas. Parece que si no hago un cambio de x husos horarios rechazo un viaje. Casi un uso horario por cada día que vamos a pasar en la costa oeste americana. Un road trip en toda regla en el que pasaremos por Los Ángeles, San Francisco y Las Vegas. Un triángulo de las Bermudas en coche, pero sin que el medio de transporte se quede perdido en su interior, porque no saber salir de El Valle de la Muerte puede ser una fiesta.

Un viaje un poco a la aventura, todo hay que decirlo. Eva, trabajando en el país de las oportunidades, planteó la posibilidad de viajar allí en su semana de vacaciones. No íbamos a dejar pasar la ocasión, claro. Pero hasta hace cuestión de un mes no habíamos mirado hoteles / albergues, el coche para movernos lo reservamos hace tres días... Parece más un viaje al Caribe por el ritmo sin estrés que a los Estados Unidos, pero yo, este año, me dejó llevar. Un viaje de sentir y experimentar antes que uno de ver y atragantarse por los ojos por todo aquello visitado.
Está claro que no sé hacer una maleta proporcionada. Para diez días apenas llevaba cosas en comparación al maletoncio que llevo. Ya que he facturado, pues podría llevarme hasta a Otto, ciertamente. Ya os digo yo que podía haber ido con una maleta de mano perfectamente si no llega a ser porque la cámara y los objetivos necesitan una mochila.

 De momento cruzo los dedos para no caerme de sueño. Como siempre el plan ha sido saber la hora de destino y acomodar el horario a Los Ángeles desde un inicio. Así que ir al avión sin apenas haber dormido fue un gran plan. A las 8 de la mañana estaba poniendo el pie en el cacharro de metal rumbo a Londres. No recuerdo el despegue y desperté al aterrizar. Sólo recuerdo abrir un par de veces los ojos y ver a una chica descolluntada para dormir. ¿Acaso es normal abrir la bandeja del asiento y tumbarse sobre ella? ¿Eso es ergonómico? ¿Cómodo? ¿Esa chica tiene columna vertebral? Lo interesante es que eran tres chicos que me pidieron cambiar el asiento en el vuelo porque iban juntos. Pues, mujer, si te cambio el sitio utiliza el hombro de tu amigo para dormir, no una plancha de plástico. No sé, llámame loca.
Una vez en Gatwick, sólo había que esperar cuatro horas. Todo hay que decirlo, qué bien ha venido que ya se pueda navegar en la UE sin roaming ni leches. Que ya era hora, guapos, ya era hora. Así que he desayunado en la terminal (he comprado por 4 pounds in sandwich, batido y yogurt con cereales la mar de rico en una tienda-supermercado llamado Boots), he visto medio capítulo de Fargo, he estudiado al ser humano en las terminales ( fascinante el momento en el que la gente se asustaba porque un operario utilizaba una pistola de aire comprimido para poner clavos, o cómo una pareja tomaba champán como si fuera año nuevo a escasos tres metros de una familia que comía un picnic digno de Cercedilla un domingo)...

Y aquí me encuentro, en un avión la mar de majo sobrevolando la Bahía de Hudson. Se nota que Norwegian no es Airflot, aquí la tripulación sonríe. ¡Ah! Y tienen las ventanas uns tecnología curiosa. Al presionar un botón que hay debajo de ellas, se va oscureciendo, impidiendo que la luz pase. Ha habido un momento en el que se encontraban la mayoría "apagadas" y estaba a oscuras la zona. La neuronita me ha hecho crack hasta que me he dado cuenta al segundo, porque el cerebro sabe que todo el rato volamos de día.
Obviamente, y siguiendo el meticuloso plan para evitar jet lag, me he echado a dormir en cuanto he podido. Tras seis horas de vuelo, creo que cuatro me las he ventilado con los ojos cerrados. Sí, quizá más que facilidad para dormir sea enfermedad, qué le vamos a hacer.
Y el resto del vuelo también me lo he pasado así. Mucha serie, mucha película y juego preparado para luego atravesar Groenlandia, Atlántico, Canadá y medio USA durmiendo. Bea, a veces me das miedo.
Una vez pasado el trámite de aduanas y recoger la gran "empty" maleta (GEM), por la que no daba un duro después de esperarla durante 15 minutos, espero al shuttle que me lleve a Banana Bungalow en Hollywood. La próxima vez que tenga que esperar un metro 7 minutos me va a parecer un suspiro contando con los tiempos de espera de este viaje.
Hay varias cosas que impresionan al salir del aeropuerto: lo primero, ¿dónde está el calor de Californiana? Porque yo voy con sudadera (qué frío en el avión, amigos) y me pondría otra cosa encima... También es flipante la cantidad de chinos que hay, y los chinos (que ya no lo serán por generación) con pinta de "chicanos". Bueno, y lo mejor de todo, el olor a hamburguesa nada más salir del último control de policía. ¡Vivan los estereotipos!

Como me decía Eva hace unas horas (porque he tenido que esperar al shuttle 30 minutos, una hora y media de viaje, hacer check-in, blablabla) empiezas ya a tener aventuras. Y es que nos hemos dado cuenta de que habíamos pedido habitación para mí el viernes, pero no el jueves. Por suerte había una cama libre en una habitación compartida. Hay una señora mayor, la típica señora negra de serie que habla sola por la calle malhumorada, que ha farfullado algo cuando una chica le ha pedido que apague la luz, "¿qué luz?". Pues señora, obviamente el foco que tiene encima de la cabeza la chica y el cual no le deja dormir... Pero como para decirle nada, yo bastante tengo con no saber hacer la cama. He puesto las sábanas como bajeras, y cuando me he dado cuenta de ello... Pues no he hecho nada. Para una noche no merece la pena hacer esfuerzos.
Hace 24 horas que cogí el primer vuelo hacia Londres, y he dormido más que un día cualquiera. El año que viene, en el día de la marmota los americanos aparecerán con caretas con mi cara.

viernes, 29 de julio de 2016

"Eh, que los ciervos de Nara nos hacen reverencias"


¡Guau! Qué bien hemos dormido. Fresquitos, con buenos compañeros de habitación, buen futoncito... ¡Bien por Backkeepers Gion! Lo malo, que los mosquitos han colaborado a cambiar el color Moreno por el rojo en nuestras piernas.
La verdad es que el albergue está genial. Limpito, la gente colabora a ello, ordenado y (a excepción de los pasillos con moqueta, se está fresquito.
En un principio parecía que Nacho no iba a venir porque tenía dolor de cabeza, pero nadie se puede resistir a los encantos de Inari y Nara. Pastillica, ducha y a correr.
Nos hemos encontrado con el hombrecito de la recepción. Al parecer ayer tenía fiebre y por eso no pudo estar en la recepción (pobre hombre, nos ha dado penica. Silvia, la pobre, tiene un apuro por haberse molestado con él...). Y sin venir a cuento, ¡nos ha hecho un descuento muy interesante en el precio! Madre mía, madre mía...
Le hemos preguntado por la lavadora, nos gustaría haber lavado hoy, pero ha resultado que ayer se rompió. Parece que hoy volverán los hombres que ayer no pudieron arreglarla. ¿Lo conseguirán? Chan, chaaaaaan.... Podrían hacer un drma de televisión japonesa con la historia ésta. Ignacio estuvo viendo ayer un poco y ya sabe por qué los canales japoneses parecen de risa...
Hacia la estación de tren hemos encontrado una tienda de Kimono y haori. ¡Al fin podré comprarme! Así que mañana, antes de ir a Kanazawa me pararé a por alguno. Ir por Nara e Inari con ellos hoy es un suicidio.
Antes de llegar a la estación, hay en Kyoto un gran templo budista de madera. Según una vez leí, el de mayor tamaño de este material. El suelo de tatami y el artesonado de madera es una maravilla. Sentarse (como cada uno pueda) en el suelo con los pies descalzos, la mayor gozada.



Hemos tenido que hacer una parada técnica antes de "entrenar" (si embarcar es de barco, entrenar es de tren): McDonalds y sus batiditos. Madre, mía... madre mía...
Esta vez le ha tocado a Hernán hacer de centinela en el tren. Aunque era final de parada y lo tenía fácil, ha logrado su cometido. La ciudad de los ciervitos, la antigua capital del país, nos esperaba con los brazos abiertos. Picaduras de primer grado, sol en el cogote y sonido de chicharras para aumentar más la sensación de calor. Pero el amor que te puede dar un ciervo cura todo los males. Obviamente venían a por comida, pero el amor te lo daban igual. Un japo majo, primo del de Tokyo, seguro; nos ha enseñado un truco que hacen los ciervos: son tan educados que hacen reverencias. 



Estos bichos son la mar de majos, pero tienes que tener en consideración que están ahí por comida y no por tu cara bonita, y hay carteles que te lo recuerdan. Que si te pueden cornear, patear, morder... vamos, cosas típicas de un ciervo. Está la gente que se guarda la comida "ciervil", unas obleas, y la gente que coge el paquete y se deja rodear por ciervos. Esa gente suele acabar A) siendo agredida por un ciervo porque no tiene comida. B) corriendo entre ciervos y perdiendo las obleas por el camino. C) tirar por angustia el paquete a otro lado para deshacerse del problema. D) salir corriendo, gritando e incluso llorando mientras un grupo de entren 4-15 ciervos le persiguen.
Hemos asistido (y grabado -qué crueles-) a una escena de modelo D con un niño. Qué gritos, qué berridos, qué sollozos. Nosotros qué risa, claro.
Después de la fiesta del ciervo, hemos ido a ver el templo del gran Buda. La vez pasada nos quedamos mirando el templo desde la verja que está rodeándolo: la puerta de los ratas, la llamó Hernán. Hoy hemos entrado a ver al Buda representados una estatua de cuarenta y ocho metros de alto (nosotros dudamos de esta altura. Creemos que han contado los metros de la base, lo que nos parece trampa...). Era la hora de dar la vuelta de reconocimiento al bosque que hay alrededor, salpicado de templos por dentro. Haciendo honor a su licenciatura, Silvia ha salvado a un escarabajito brillante de morir ahogado en una poza (o de ser devorado por una de las dos ranas que había a su lado).
Tras comer un delicioso arroz con curry en el CoCo donde salió el Ruiz-Lopera escaldado por el picante, pasamos por una tienda de zapatillas japonesas (tabi) que te separa el dedo gordo del resto del pie, pero eran demasiado caras las que tenían estampados que me gustaban. Así que el caprichito quedará reducido a los haori de mañana.
Era hora de ir a nuestra peregrinación oficial: subir a lo alto de Fushimi Inari a dar gracias. Hemos metido la marcha r de rapidilla para que la visita fuera desde el atardecer a la noche.



 Y la verdad es que ha sido precioso ver la caída del sol desde la montaña con la "pequeña" Kyoto a los pies. Hemos seguido subiendo. Esta vez, ha sido Nacho quien se ha quedado atrás (apenas a cuatro minutos de la cima, una pena). Lo cierto ha sido que lo recordábamos más duro (el calor de aquel día no ayudó en absoluto) y hemos superado la prueba con creces. ¡Definitivamente somos los niños elegidos!




jueves, 28 de julio de 2016

"Eh, que llegamos a Kyoto"

Os escribo tirada en un sofá, como si estuviera en casa. Qué paz y tranquilidad. Parece que fue hace eones cuando pude hacer esto por última vez y la verdad que apenas ha pasado apenas una semana.
Hemos llegado sanos y salvos a Kyoto. ¡Aún seguimos vivos! Eso sí, si buscáis"bochorno" en el diccionario os tiene que aparecen está ciudad como una de sus acepciones. Vivir en una nube no había sido nunca una expresión tan real.
Ayer planteamos salir muy pronto del hotel para llegar cuanto antes a Kyoto y poder aprovechar este primer día en la antigua capital. Cuando hemos hecho el cambio en Nihombashi, un hombrecito trajeado nos ha dicho si nos podía ayudar (estábamos mirando un mapa para saber qué línea de metro coger haya Tokyo central). Super majete, vamos a llamarle así nos ha acompañado no sólo a la estación, sino también al lugar donde comprar los billetes. Han sido die minutos andando que queríamos haber hecho en metro, pero creo que ellos al no tener abono y tener que pagar cada trayecto, no tienen presente que los extranjeros sí que podemos optar a ello. Como super majete nos ha contado, en Kyoto hace mucho más calor. Él nació en Yokohama (3 millones de habitantes) y nos ha comentado que Tokyo tendrá unos diez. Un amorcito hecho japonés con corbata.
En el tren me gustaría haber escrito el comienzo de hoy, pero se me volvían a mezclar las palabras y letras entre los dedos, así que me he puesto una alarma en el móvil para que diez minutos antes de llegar me despertara. Son trenes tan puntuales que es un gran sistema el de las alarmas. Que no sabes leer japo, no pasa nada, miras en el billete a la hora que llegas y ésa es tu estación.
Hoy nos han colocado en hilera, separados, porque no había sitio juntos. Yo he disfrutado de una extensión de mi sueño durante dos horas y pico. Silvia ha tenido una conversación con un japonés que resultaba haber vivido cinco años en España ¡y hablaba español! Cosa que al final no ha sido tan buena porque ha recordado que se ha acordado de su madre al comienzo del viaje. ¿Os acordáis de las casualidades de las que os hablaba antes? Pues éste es otro ejemplo. Ya van dos en dos días.
A la llegada Lorenzo nos ha recibido con los brazos abiertos. Qué calor... qué calor. Nacho se desgastaba por momentos. No había conocido la cara "amarga" del tiempo japonés. En media horita estábamos en el albergue y como lo estaban limpiando y el checkin no lo hacían hasta las tres de la tarde, hemos dejado las maletoncias para ir a Kiyomizu-dera. 



Qué cuesta y qué calor... pero merece la pena. Es un templo que también la otra vez nos dejó baldados, pero las vistas y la construcción en el monte hacen que valga la pena. Queríamos pasar por el albergue para colocar las cosas y pagar, pero el hombrecito no estaba. En su lugar un teléfono y una nota. Si necesitas ayuda, llama a este teléfono. Silvia ha llamado un par de veces y consternada comentaba "es que sólo dice outside". Claro, qué más nos da a nosotros que esté outside, que esté fuera, si lo que queremos es que vuelva. Otro hombrecito también estaba esperando en el saloncito, perecía que llevaba tiempo ahí y que tampoco había obtenido respuesta. Como no hablaba inglés muy allá, pues lo hemos dejado estar. Casi a las cuatro, en un medio arranque de enfado, cogemos las cosas para irnos. No podemos dejar pasar la tarde mientras este hombrecito de recepción decide volver. Y Nacho, como casi siempre, sale a fumar antes de irnos. ¡En buena hora! "Ey, que hay una nota". Nos había dejado las llaves "outside" en el buzón de correos. No hay precio... Ninguno lo vimos al entrar, ni el otro señor... Ains...
Colocamos rápidamente las cosas en la habitación y vamos a recorrer Kyoto. Hace dos años aprendimos la lección. Conocer la ciudad a pie es bonito, pero derretirte porque parece que el sol se ha acercado hasta tu ventana no lo es. Así que la opción de los buses ha sido aprobada por unanimidad. El panteón de plata cerraba a las cinco, así que nos hemos dirigido al Palacio Imperial para saber cuándo lo podemos visitar. Le digo al señor guardia, ¿hablas inglés? Y me contesta "un poco, pero tú hablas tan bien el japonés que pregúntame". Un cachondo mental, vamos. Que es muy divertido que Bea se ponga a comunicarse con los japoneses en japonés hasta que la líe gorda. Ya veréis como ese momento no será nada divertido.
De nuevo al bus para parar ante el castillo de Nijo. Ésa es otra cuestión de la que hay que hablar: los mapas. Uno mira el mapa de Kyoto y dices, ah, pues muy bien. De aquí a aquí hay tres manzanas. Error. El mapa obvia otras chorrocientas, así que lo que crees que en un inicio lo haces en unos veinte minutos, son unos sesenta. Ya veníamos con la lección aprendida y no íbamos a picar de nuevo. Al bus que hemos ido con su aire acondicionado.
El castillo estaba cerrado, pero la puesta de sol al fondo ha sido impresionante. Además, en un arranque de valor, Hernán ha cruzado una calle para comprobar qué eran unos jardines que había al otro lado. Se podía pasar, ¡y menudo descubrimiento! Un diamante en bruto...




Para finalizar el día íbamos a adentrarnos en las calles de Gion, Hanamikoji se llama la calle, para ver geishas y maikos en sus "carreras" (las que permite el estrecho kimono). Al encontrarnos la calle cerrada hemos preguntado qué ocurría. En Tokyo nos hemos encontrado con mítines políticos (y políticos que nos saludaban desde el coche cuando no había nadie más. Yo les devolvía el saludo porque soy educada), así que ha sido un planteamiento. Por suerte ha sido una procesión. Nunca había visto ninguna, aunque sí matsuri. Qué modo de tirar hacia arriba y hacia abajo del paso que cargaban, qué energía. Los hemos acompañado hasta el templo.





Un muy buen día de toma de contacto con la antigua ciudad Imperial. Mañana iremos a abrazar sueños: Nara e Fushimi Inari.

"Eh, que nos montamos en el Monoraíl"

Hoy es nuestro último día en Tokyo. La gran urbe comienza a quedarse pequeña y vamos a expandir nuestro horizonte, a quitar niebla de guerra a Nacho y a Silvia.
Yo sigo esperando que un Farfetch'd me caiga del cielo, pero sin conexión a Internet en el móvil me parece a mí que me voy a volver tal y como vine.
Hoy nos ha tocado, tal y como dice Nacho, "musereo". Él comenta que le renta, que le gusta. Así que nos hemos marcado un 2x1. Por la mañana al Tokyo Sea Life, un acuario que se encuentra al este de la ciudad. Lo han modificado un poco desde hace unos años a ahora. Cuando he entrado, tenía en mente que estaba el tanque de los atunes, y ha sido un poco triste ver a unos pezqueñines y a un gran pez luna nadando en un contenedor de agua tan grande. Por suerte, mi memoria me ha fallado y los atunes estaban más adelante. También han cambiado la zona de tocar pequeños tiburones y rayas. Ahora está más organizado, con una persona explicando cómo hacerlo (antes seguíamos las instrucciones de un cartel, pero algún problema habría para que lo cambiarán) y otra atendiendo cómo se tocan los animales para que nadie haga algo de lo que se pueda arrepentir luego, como tocarle la cola a la raya o la boca.
Para llegar hemos tomado el metro, ya lo tenemos dominado, hasta Kasai. Ésa era nuestra intención, pero hemos debido coger el tren rápido que se ha saltado nuestra parada. Sin mayor complicación, ojo. El siguiente tren local de vuelta para que pare donde queríamos y listo. El trecho andado hasta el acuario no ha sido complicado en absoluto, ¡y menos teniendo en cuenta la salida infernal que habíamos tenido en Yokohama! Hernán ha fichado durante la caminata un lugar para comer: un indio. ¡Qué comida! Menudo curry y qué pan indio más rico (nan). 



Y de ver a peces metidos en acuarios nos hemos pasado a ver robots metidos en un museo. Para llegar al Miraikan, que así es como se llama este lugar cogimos el Monoraíl. Automatizado, limpito, azulito, lleno de turistas... y nosotros en cabeza. Como los más turistas de todos los turistas.
El peor momento lo vivió un niño al volver. Iba el primero de todos, hasta que llegaron los cuatro españolitos. Nos colocamos en los asientos delanteros (porque estaban vacíos, no pegamos a nadie para que se fueran) y yo decidí grabar un vídeo de cómo avanzaba el monorail en la noche tokyota. Sin darme cuenta de que llevaba la mochila de la cámara por delante, y no en la espalda. Al cabo de unos momentos escuché unos gemiditos: era el niño siendo aplastado contra el cristal por la mochila de la cámara. Apurada le pregunté en Japo si estaba bien. Sí, me contestó. ¿Te duele? Me negó sin mirarme. Vamos, que sí, que le había hecho daño porque se había comido el cristal como un campeón, pero su honor japonés le impedía decir nada.


Miraikan, no se llama "el Museo del futuro" por nada...



Antes de despedirnos de O-daiba, esa isla artificial que se ha ido construyendo durante el pasado siglo, fuimos a ver la puesta de sol con Tokyo de fondo, el puente Rainbow (arcoiris es demasiado pasteloso) y la Estatua de la Libertad mini que hay. Sabiendo que en el centro comercial había una tienda de Shonen no pudimos negarnos a entrar (sobre todo habiéndola visitado hace dos años y sabiendo lo chula que era). En esta ocasión One Piece era el rey del lugar. Claro, acaban de estrenar la película, no hay que ser un crack de marketing para saber qué quiere comprar la gente...




La base de Fuji Tv. ¡Somos los niños elegidos!


¡Cuánto metro, cuánta gente! Llegará un día en el que lo echarán de menos... Hace dos noches intentamos cenar en un sitio de Okonomiyaki al que Hiro me llevo hace cuatro años, pero llegamos tarde. Así que de esta noche no se nos podía escapar. Y misión cumplida: pudimos disfrutar de un restaurante que tenía el encanto de los locales de muchos años atrás. "No aconditioner. Very hot" ponía en la entrada. Y es que los okonomiyaki se hacen en las planchas que hay en la mesas. Una verdadera belleza.
Por cierto, ¿creéis en las casualidades? Pues ayer mismo se dio una. Nos encontramos a Puyu en este restaurante que os cuento, ¡y no se aloja en la zona! A él se lo habían recomendado, así que conocido es el lugar. ¡Qué cosas!