jueves, 28 de julio de 2016

"Eh, que nos montamos en el Monoraíl"

Hoy es nuestro último día en Tokyo. La gran urbe comienza a quedarse pequeña y vamos a expandir nuestro horizonte, a quitar niebla de guerra a Nacho y a Silvia.
Yo sigo esperando que un Farfetch'd me caiga del cielo, pero sin conexión a Internet en el móvil me parece a mí que me voy a volver tal y como vine.
Hoy nos ha tocado, tal y como dice Nacho, "musereo". Él comenta que le renta, que le gusta. Así que nos hemos marcado un 2x1. Por la mañana al Tokyo Sea Life, un acuario que se encuentra al este de la ciudad. Lo han modificado un poco desde hace unos años a ahora. Cuando he entrado, tenía en mente que estaba el tanque de los atunes, y ha sido un poco triste ver a unos pezqueñines y a un gran pez luna nadando en un contenedor de agua tan grande. Por suerte, mi memoria me ha fallado y los atunes estaban más adelante. También han cambiado la zona de tocar pequeños tiburones y rayas. Ahora está más organizado, con una persona explicando cómo hacerlo (antes seguíamos las instrucciones de un cartel, pero algún problema habría para que lo cambiarán) y otra atendiendo cómo se tocan los animales para que nadie haga algo de lo que se pueda arrepentir luego, como tocarle la cola a la raya o la boca.
Para llegar hemos tomado el metro, ya lo tenemos dominado, hasta Kasai. Ésa era nuestra intención, pero hemos debido coger el tren rápido que se ha saltado nuestra parada. Sin mayor complicación, ojo. El siguiente tren local de vuelta para que pare donde queríamos y listo. El trecho andado hasta el acuario no ha sido complicado en absoluto, ¡y menos teniendo en cuenta la salida infernal que habíamos tenido en Yokohama! Hernán ha fichado durante la caminata un lugar para comer: un indio. ¡Qué comida! Menudo curry y qué pan indio más rico (nan). 



Y de ver a peces metidos en acuarios nos hemos pasado a ver robots metidos en un museo. Para llegar al Miraikan, que así es como se llama este lugar cogimos el Monoraíl. Automatizado, limpito, azulito, lleno de turistas... y nosotros en cabeza. Como los más turistas de todos los turistas.
El peor momento lo vivió un niño al volver. Iba el primero de todos, hasta que llegaron los cuatro españolitos. Nos colocamos en los asientos delanteros (porque estaban vacíos, no pegamos a nadie para que se fueran) y yo decidí grabar un vídeo de cómo avanzaba el monorail en la noche tokyota. Sin darme cuenta de que llevaba la mochila de la cámara por delante, y no en la espalda. Al cabo de unos momentos escuché unos gemiditos: era el niño siendo aplastado contra el cristal por la mochila de la cámara. Apurada le pregunté en Japo si estaba bien. Sí, me contestó. ¿Te duele? Me negó sin mirarme. Vamos, que sí, que le había hecho daño porque se había comido el cristal como un campeón, pero su honor japonés le impedía decir nada.


Miraikan, no se llama "el Museo del futuro" por nada...



Antes de despedirnos de O-daiba, esa isla artificial que se ha ido construyendo durante el pasado siglo, fuimos a ver la puesta de sol con Tokyo de fondo, el puente Rainbow (arcoiris es demasiado pasteloso) y la Estatua de la Libertad mini que hay. Sabiendo que en el centro comercial había una tienda de Shonen no pudimos negarnos a entrar (sobre todo habiéndola visitado hace dos años y sabiendo lo chula que era). En esta ocasión One Piece era el rey del lugar. Claro, acaban de estrenar la película, no hay que ser un crack de marketing para saber qué quiere comprar la gente...




La base de Fuji Tv. ¡Somos los niños elegidos!


¡Cuánto metro, cuánta gente! Llegará un día en el que lo echarán de menos... Hace dos noches intentamos cenar en un sitio de Okonomiyaki al que Hiro me llevo hace cuatro años, pero llegamos tarde. Así que de esta noche no se nos podía escapar. Y misión cumplida: pudimos disfrutar de un restaurante que tenía el encanto de los locales de muchos años atrás. "No aconditioner. Very hot" ponía en la entrada. Y es que los okonomiyaki se hacen en las planchas que hay en la mesas. Una verdadera belleza.
Por cierto, ¿creéis en las casualidades? Pues ayer mismo se dio una. Nos encontramos a Puyu en este restaurante que os cuento, ¡y no se aloja en la zona! A él se lo habían recomendado, así que conocido es el lugar. ¡Qué cosas!






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