He de abrir el post de hoy contando la experiencia traumática del día para que luego todo sea bello y hermoso. No podría esconder por mucho más tiempo el momento terrible que hemos vivido. Acabaría estallando y gritándoselo a los cuatro vientos, o Hernán, que es un bocazas, lo contaría en algún descuido de los suyos y seríamos el hazmereír.
Hoy... hemos visto una cucaracha mientras desayunábamos. Hala, ya lo he dicho.
En mi defensa alegaré que todo ha acontencido muy deprisa. Estábamos desayunando entre risas, hablando sobre las "incontables" experiencias que habíamos vivido... Incluso lo fantástico que había sido despertar a medianoche porque los de la habitación de al lado estaban de juerga. Todo un país de piruleta, color y sabor. Entonces ella apareció, moviendo sensualmente sus antenitas, y nos destrozó el día.
Vamos, yo desayuné en el otro lado de la mesa, para que os hagáis una idea (de lo exagerada que soy).
A partir de este momento, todo ha ido como la seda, pese a que no ha sido un mundo tan de color porque había nubes en el cielo (y lo que lo agradecemos para no morir deshidratados, la verdad). Ya a las 5.30 de la mañana hemos despertado con todo el cambio horario de sueño, aunque poco no hemos dormido, claro está. Tras desayunar hemos puesto rumbo al puesto de alquiler de bicis.
Una cosa es segura, no eres tokyota hasta que no conduces una "jitensha" (bici) por sus calles. Ha sido una de las grandes ideas del viaje: cómodo, seguro, barato... ¿he dicho ya cómodo? Es una verdadera genialidad recorrer la ciudad por arriba rápidamente. En apenas media hora estábamos frente a nuestra primera parada: el museo de Ciencias Naturales en el parque de Ueno. Ya os he hablado de este lugar en otra ocasión. A ver si los museos españoles aprenden un poquito de este tipo de museos, donde no sólo se "vomita" información, sino que el visitante experimenta con el conocimiento de forma activa.
Qué repolluda soy cuando me lo propongo.
Nacho ha ido rebotando de esquina en esquina, emocionado, durante todo el museo. Sólo en la primera salita, de pequeños seres vivos que se encuentran en las islas niponas, ha tardado casi quince minutos. Normal, ha comenzado la visita con un teatro en una esfera (vídeo 360º) como para no tener el hype del museo tan alto como el SkyTree. Que si mira cómo se mueve esto, que si esto se puede tocar, que si blablabla. Emocionado el niño, vamos. No es para menos, yo también estuve así cuando vi cómo se las gastaban los japoneses en cuanto a los museos. El niño es muy gracioso, porque al igual que Silvia, creen que Hernán y yo sabemos el por qué y qué es CADA UNA DE LAS COSAS QUE HAY EN ESTE PAÍS. ¿Qué es esto? ¿Por qué esto es así? ¿Cómo se dice...? Nos tienen los pobres en un altar.
Pues al muchacho, que me utiliza para preguntar si se puede hacer fotos en los lugares, se le ha ocurrido la idea de preguntarme qué era una caja con tierra blanca y surcos en el suelo. "Reloj" he leído. En ese momento, y con la gracia que caracteriza a los voluntarios japoneses en los museos (gente mayor que participa muy activamente explicando contenidos) se ha acercado a contarnos, en japonés y añadiendo palabras en inglés, que eso era un reloj que medía las horas según los surcos. También nos ha contado el sistema de los relojes en el Periodo Edo. Un reloj que marcaba las horas a placer. Vamos, que cada dos semanas tenías que cambiar la posición de las horas porque dependía de la duración de éstas a lo largo del día. Que si a las siete de la tarde anochece en verano, esas siete son la hora de anochecer en invierno, aunque físicamente sea mucho antes. Vamos, que en invierno tienen horas largas y en invierno horas cortas. Un pifostio bastante grande si lo que quieres es saber la hora.
Ya me imagino a los ninja y a los espías de la época sincronizando relojes. Todo los planes se iban al garete en pocos días. O las parejas de la época "has llegado tarde de nuevo", "que no, que tú has llegado pronto", que si "mira mi reloj", que si "ah, es que has olvidado cambiar la posición de las horas"... Vamos, que no merecía la pena. Lo que les faltaba a los japoneses.
También nos han comentado que un gallo que hay, autóctono de no sé qué prefectura tiene las plumas de la cola muy largas, y que si Hachiko es un Akita Inu especial de la zona de Tokyo.
En realidad, todo esto lo suponía yo, porque los voluntarios no asumen que una no tenga cierto nivel de japonés. Al comienzo, le dices "uy, esta palabra no la entiendo", o le pones cara rara y repites el vocablo. Pero cuando la anciana en cuestión te lo explica con palabras aún más desconocidas, pues aceptas que vas a entender un 20% del contenido, pones cara de interesante, prestas la mayor atención que puedas, añades muletillas como "sokka", algún "oh, qué interesante", repites detalles que comprendas y al acabar das la gracias e intentas huir tan rápido como puedas para que no te pille por banda de nuevo.
Otra cosa interesante que hemos descubierto hoy es que al gran T-Rex que había en la sala de los dinosaurios, lo han colocado sentado. Dudamos entre la posición de "defeque" o de anidación. Lo explican con palabras muy técnicas, asumimos... ¡porque está en japonés! Espero que no tenga problemas al dormir hoy por no saber el por qué del asunto... seguro que me quita el sueño.
Nacho seguía investigando cada rincón del museo, incluso cosas de física que ni estaban traducidas, pero a las que el niño prestaba mucha atención. Sabía yo que este lugar le iba a gustar bastante. Y Silvia se ha "perdido" entre salas, también investigando. Por lo que Hernán y yo hemos decidido volvernos japoneses de nivel II (a ver si nos mandan el carnet a casa pronto). ¿Que qué es eso? Es poseer la capacidad de dormir donde te plazca, cuando te plazca y cómo te plazca. Y eso hemos hecho,: una cabezadita de "n" minutos en las sillas de entreplantas mientras Silvia aparecía. ¡Y lo bien que nos ha venido! Sumado al sueño, al ir lento en el museo, a las luces bajas que había en las últimas salas... todo ha dado como resultado una siestecica. Aunque nosotros lo achacamos 99% a la bajada de tensión que te da al ir a nivel del mar, lo otro apenas cuenta.
Según hemos salido de allí hemos ido a revisar que las bicis siguieran en su sitio, porque el guardia de seguridad del museo nos ha indicado que las dejáramos en la estación, pero hemos sido muy vagos y en cuanto hemos visto seis bicis aparcadas, ahí hemos dejado las nuestras. Probablemente podríamos haberlas dejado a la vuelta de la esquina, porque no hay oficio ni beneficio en el arte de aparcar una bici donde a uno le parezca, pero hemos tenido la decencia de dejarlas un poco más retiradas.
Seguían allí, así que no parece que hubiera problema en ello. Ya el estómago hacía ¿pera - pera? ¿paku -paku? No recuerdo la onomatopeya que hace una tripa japonesa al tener hambre, pero de esa forma sonaba. A comprar algo en un "combini" y rumbo al zoo. Nacho no ha perdido oportunidad de comprarse una bolsa de aritos de snack picantes porque ha recordado que son los mismos que una vez le llevé, y que le gustaron. También hemos encontrado nuestra salvación, al menos la mía, en la nevera de la tienda. Una Pepsi Strong, que sólo con mirarla se te metía la cafeína en vena.
¿Y el zoo? Pues lo hemos cerrado. Como cuando uno se va de bares y lo cierra a las siete de la mañana, pues lo mismo, pero a las cinco de la tarde y en un zoo. Nos hemos puesto a dar una vueltecilla, y que si los armadillos, los hipopótamos pigmeos, los cocodrilos, las okapi amorosas, los leones marinos narcisistas, Hernán haciéndose fotos encima de un dragón de Komodo y de una tortuga Gigante, que si el guardia lo hubiera echado... menudo follón hubiera sido de no ser porque eran réplicas de metal.
Una vez acabado este periplo, pretendíamos ir al Museo Shitamachi, que está a unos minutos en bici, pero estaba cerrado, así que lo hemos omitido. Hemos puesto nuestra brújula mirando a Yanaka bochi (cementerio) y para ello hemos preguntado a un guardia de una koban (un puesto donde está la policía en los barrios cada dos por tres). Le he preguntado por el templo Tenno-ji y el cementerio Yanaka. El primero lo ha obviado, así que tampoco le he insistido, parecía que no tenía mucha información y él tenía pinta de ser como los voluntarios, que hablan sin tener en cuenta el nivel de japonés de una. Lo he podido comprobar en el momento en el que ha hablado del cementerio. Que si íbamos a ver las tumbas de Tokugawa, y más conretamente del último Tokugawa, el final round de los shogun en japón y yo, pues claro que sí, majete, claro que sí. Con tal de llegar al cementerio, lo que fuera. Qué sitio tan tranquilo, con tanta paz... Interesante el hecho de que tenga gatos a más no poder y un parque infantil con columpios en medio. Ya cuando nos íbamos a ir, nos hemos dirigido hacia la zona Tokugawa y hemos creído ver las tumbas que nos había dicho el policía. Un cartel de no pasar, que no habíamos encontrado en otro sitio) junto con el tamaño de las lápidas nos dio la pista que necesitábamos. Pero justo al poner un pie en la calle principal, hemos visto un cartelito que dictaba "el cementerio de la familia Tokugawa por allí" y hemos seguido la senda de baldosas amarillas encarnadas en letreros y hemos llegado hasta una especie de túmulos. Llamativo cuanto menos. La vuelta por la noche por el parque de Ueno y el estanque con nenúfares ha sido precioso. Toda una idea que apuntar.
Ya era hora de volver, los señores del parking de bicis nos habían dejado clarito que a las ocho y media de la tarde tenían que estar allí las jitensha. Y allí han estado. No sin antes parar en Khaosan Tokyo Laboratory, que hemos encontrado de casualidad, y preguntar por Mine y Kumiko... pero no estaban. En otro momento será.
Impresionante también el escenario que se te graba en las retinas al ver Asakusa, el Senso-ji y los alrededores de noche.
Ya somos tokyotas, pero mañana lo seremos más.
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