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sábado, 23 de julio de 2016

"Eh, que ya somos tokyotas de verdad"

He de abrir el post de hoy contando la experiencia traumática del día para que luego todo sea bello y hermoso. No podría esconder por mucho más tiempo el momento terrible que hemos vivido. Acabaría estallando y gritándoselo a los cuatro vientos, o Hernán, que es un bocazas, lo contaría en algún descuido de los suyos y seríamos el hazmereír.

Hoy... hemos visto una cucaracha mientras desayunábamos. Hala, ya lo he dicho.

En mi defensa alegaré que todo ha acontencido muy deprisa. Estábamos desayunando entre risas, hablando sobre las "incontables" experiencias que habíamos vivido... Incluso lo fantástico que había sido despertar a medianoche porque los de la habitación de al lado estaban de juerga. Todo un país de piruleta, color y sabor. Entonces ella apareció, moviendo sensualmente sus antenitas, y nos destrozó el día.
Vamos, yo desayuné en el otro lado de la mesa, para que os hagáis una idea (de lo exagerada que soy).

A partir de este momento, todo ha ido como la seda, pese a que no ha sido un mundo tan de color porque había nubes en el cielo (y lo que lo agradecemos para no morir deshidratados, la verdad). Ya a las 5.30 de la mañana hemos despertado con todo el cambio horario de sueño, aunque poco no hemos dormido, claro está. Tras desayunar hemos puesto rumbo al puesto de alquiler de bicis.
Una cosa es segura, no eres tokyota hasta que no conduces una "jitensha" (bici) por sus calles. Ha sido una de las grandes ideas del viaje: cómodo, seguro, barato... ¿he dicho ya cómodo? Es una verdadera genialidad recorrer la ciudad por arriba rápidamente.  En apenas media hora estábamos frente a nuestra primera parada: el museo de Ciencias Naturales en el parque de Ueno. Ya os he hablado de este lugar en otra ocasión. A ver si los museos españoles aprenden un poquito de este tipo de museos, donde no sólo se "vomita" información, sino que el visitante experimenta con el conocimiento de forma activa.
Qué repolluda soy cuando me lo propongo.

Nacho ha ido rebotando de esquina en esquina, emocionado, durante todo el museo. Sólo en la primera salita, de pequeños seres vivos que se encuentran en las islas niponas, ha tardado casi quince minutos. Normal, ha comenzado la visita con un teatro en una esfera (vídeo 360º) como para no tener el hype del museo tan alto como el SkyTree. Que si mira cómo se mueve esto, que si esto se puede tocar, que si blablabla. Emocionado el niño, vamos. No es para menos, yo también estuve así cuando vi cómo se las gastaban los japoneses en cuanto a los museos. El niño es muy gracioso, porque al igual que Silvia, creen que Hernán y yo sabemos el por qué y qué es CADA UNA DE LAS COSAS QUE HAY EN ESTE PAÍS. ¿Qué es esto? ¿Por qué esto es así? ¿Cómo se dice...? Nos tienen los pobres en un altar.
Pues al muchacho, que me utiliza para preguntar si se puede hacer fotos en los lugares, se le ha ocurrido la idea de preguntarme qué era una caja con tierra blanca y surcos en el suelo. "Reloj" he leído. En ese momento, y con la gracia que caracteriza a los voluntarios japoneses en los museos (gente mayor que participa muy activamente explicando contenidos) se ha acercado a contarnos, en japonés y añadiendo palabras en inglés, que eso era un reloj que medía las horas según los surcos. También nos ha contado el sistema de los relojes en el Periodo Edo. Un reloj que marcaba las horas a placer. Vamos, que cada dos semanas tenías que cambiar la posición de las horas porque dependía de la duración de éstas a lo largo del día. Que si a las siete de la tarde anochece en verano, esas siete son la hora de anochecer en invierno, aunque físicamente sea mucho antes. Vamos, que en invierno tienen horas largas y en invierno horas cortas. Un pifostio bastante grande si lo que quieres es saber la hora.
Ya me imagino a los ninja y a los espías de la época sincronizando relojes. Todo los planes se iban al garete en pocos días. O las parejas de la época "has llegado tarde de nuevo", "que no, que tú has llegado  pronto", que si "mira mi reloj", que si "ah, es que has olvidado cambiar la posición de las horas"... Vamos, que no merecía la pena. Lo que les faltaba a los japoneses.
También nos han comentado que un gallo que hay, autóctono de no sé qué prefectura tiene las plumas de la cola muy largas, y que si Hachiko es un Akita Inu especial de la zona de Tokyo.

En realidad, todo esto lo suponía yo, porque los voluntarios no asumen que una no tenga cierto nivel de japonés. Al comienzo, le dices "uy, esta palabra no la entiendo", o le pones cara rara y repites el vocablo. Pero cuando la anciana en cuestión te lo explica con palabras aún más desconocidas, pues aceptas que vas a entender un 20% del contenido, pones cara de interesante, prestas la mayor atención que puedas, añades muletillas como "sokka", algún "oh, qué interesante", repites detalles que comprendas y al acabar das la gracias e intentas huir tan rápido como puedas para que no te pille por banda de nuevo.

Otra cosa interesante que hemos descubierto hoy es que al gran T-Rex que había en la sala de los dinosaurios, lo han colocado sentado. Dudamos entre la posición de "defeque" o de anidación. Lo explican con palabras muy técnicas, asumimos... ¡porque está en japonés! Espero que no tenga problemas al dormir hoy por no saber el por qué del asunto... seguro que me quita el sueño.

Nacho seguía investigando cada rincón del museo, incluso cosas de física que ni estaban traducidas, pero a las que el niño prestaba mucha atención. Sabía yo que este lugar le iba a gustar bastante. Y Silvia se ha "perdido" entre salas, también investigando. Por lo que Hernán y yo hemos decidido volvernos japoneses de nivel II (a ver si nos mandan el carnet a casa pronto). ¿Que qué es eso? Es poseer la capacidad de dormir donde te plazca, cuando te plazca y cómo te plazca. Y eso hemos hecho,: una cabezadita de "n" minutos en las sillas de entreplantas mientras Silvia aparecía. ¡Y lo bien que nos ha venido! Sumado al sueño, al ir lento en el museo, a las luces bajas que había en las últimas salas... todo ha dado como resultado una siestecica. Aunque nosotros lo achacamos 99% a la bajada de tensión que te da al ir a nivel del mar, lo otro apenas cuenta.

Según hemos salido de allí hemos ido a revisar que las bicis siguieran en su sitio, porque el guardia de seguridad del museo nos ha indicado que las dejáramos en la estación, pero hemos sido muy vagos y en cuanto hemos visto seis bicis aparcadas, ahí hemos dejado las nuestras. Probablemente podríamos haberlas dejado a la vuelta de la esquina, porque no hay oficio ni beneficio en el arte de aparcar una bici donde a uno le parezca, pero hemos tenido la decencia de dejarlas un poco más retiradas.

Seguían allí, así que no parece que hubiera problema en ello. Ya el estómago hacía ¿pera - pera? ¿paku -paku? No recuerdo la onomatopeya que hace una tripa japonesa al tener hambre, pero de esa forma sonaba. A comprar algo en un "combini" y rumbo al zoo. Nacho no ha perdido oportunidad de comprarse una bolsa de aritos  de snack picantes porque ha recordado que son los mismos que una vez le llevé, y que le gustaron. También hemos encontrado nuestra salvación, al menos la mía, en la nevera de la tienda. Una Pepsi Strong, que sólo con mirarla se te metía la cafeína en vena.

¿Y el zoo? Pues lo hemos cerrado. Como cuando uno se va de bares y lo cierra a las siete de la mañana, pues lo mismo, pero a las cinco de la tarde y en un zoo. Nos hemos puesto a dar una vueltecilla, y que si los armadillos, los hipopótamos pigmeos, los cocodrilos, las okapi amorosas, los leones marinos narcisistas, Hernán haciéndose fotos encima de un dragón de Komodo y de una tortuga Gigante, que si el guardia lo hubiera echado... menudo follón hubiera sido de no ser porque eran réplicas de metal.

Una vez acabado este periplo, pretendíamos ir al Museo Shitamachi, que está a unos minutos en bici, pero estaba cerrado, así que lo hemos omitido. Hemos puesto nuestra brújula mirando a Yanaka bochi (cementerio) y para ello hemos preguntado a un guardia de una koban (un puesto donde está la policía en los barrios cada dos por tres). Le he preguntado por el templo Tenno-ji y el cementerio Yanaka. El primero lo ha obviado, así que tampoco le he insistido, parecía que no tenía mucha información y él tenía pinta de ser como los voluntarios, que hablan sin tener en cuenta el nivel de japonés de una. Lo he podido comprobar en el momento en el que ha hablado del cementerio. Que si íbamos a ver las tumbas de Tokugawa, y más conretamente del último Tokugawa, el final round de los shogun en japón y yo, pues claro que sí, majete, claro que sí. Con tal de llegar al cementerio, lo que fuera. Qué sitio tan tranquilo, con tanta paz... Interesante el hecho de que tenga gatos a más no poder y un parque infantil con columpios en medio. Ya cuando nos íbamos a ir, nos hemos dirigido hacia la zona Tokugawa y hemos creído ver las tumbas que nos había dicho el policía. Un cartel de no pasar, que no habíamos encontrado en otro sitio) junto con el tamaño de las lápidas nos dio la pista que necesitábamos. Pero justo al poner un pie en la calle principal, hemos visto un cartelito que dictaba "el cementerio de la familia Tokugawa por allí" y hemos seguido la senda de baldosas amarillas encarnadas en letreros y hemos llegado hasta una especie de túmulos. Llamativo cuanto menos. La vuelta por la noche por el parque de Ueno y el estanque con nenúfares ha sido precioso. Toda una idea que apuntar.

Ya era hora de volver, los señores del parking de bicis nos habían dejado clarito que a las ocho y media de la tarde tenían que estar allí las jitensha. Y allí han estado. No sin antes parar en Khaosan Tokyo Laboratory, que hemos encontrado de casualidad, y preguntar por Mine y Kumiko... pero no estaban. En otro momento será.
Impresionante también el escenario que se te graba en las retinas al ver Asakusa, el Senso-ji y los alrededores de noche.

Ya somos tokyotas, pero mañana lo seremos más.

viernes, 22 de julio de 2016

Japan Express - Siblings edition

Volvemos a la carga. El gran hermano se conecta de nuevo.

"21 días sin jugar al Pokemon Go". Buah, perfecto titular: consistente, impactante, conciso, directo, actual, y con la reiteración de elementos necesarios para que se quede en las cabecitas de los lectores.
Mucho me temo que no rondaremos el perímetro de los albergues donde tengan Wi-Fi para conocer los Pocket Monster que viven por aquellos lares.
Lo primero que quiero destacar es que hemos conseguido encontrar a un raro ejemplar. Una rara avis de esas que ves en una relación 1:1.000.000 ... una rusa sonriendo. Existen, la he visto y tengo testigos que pueden corroborarlo. Si bien es cierto que momentos antes se nos instigab a correr, a pasar controles de seguridad y casi a conseguir los 200 m. obstáculos en la terminal D del aeropuerto de Moscova porque faltaban cinco minutos para que el avión despegara. No para que las puertas se cerrarán y dentro hicieran un "¡nos hemos dejado a Kevin!" con medio avión vacío por falta de pasajeros; no, cinco minutos para que el avión de acero (o de fibra de carbono, de aluminio, entre otros) echara a volar y nos dijera "sayonara, baby", pero en ruso.
(Todo esto aliñado con la parsimonia de los hermanos Ruiz-Lopera porque aún seguían con los relojes en la hora española — -1 h. —  y con el ansia de Nacho por encontrar un nicho en el que fumar).


Los hermanos Ruiz-Lopera y una desconocida. Mari Carmen, ya habrá otra mejor, te lo prometo.

Ya en el bus, Nacho sabía que serían casi 24 hs. las que pasaría sin fumar.

Lo que importa, no vayamos a regodearnos en que siempre que viajo con esta gente acabo corriendo por la terminal D, ¡es que una rusa nos ha sonreído! ¡Esos 200 músculos de su cara bonita se han distorsionado para hacernos la entrada al avión más agradable! ¿Acaso sabéis lo que significa? Oía las trompetas de los cielos sonar y un halo de iluminación en torno a ella, para que os hagáis a la idea.
Por si fuera poco, y antes de despegar, hemos visto un vídeo corporativo de Aeroflot. En él se nos han mostrado los impecables taconazos de aguja rojos de las azafatas, que avanzaban a paso seguro por una terminal (que seguro que no era la D porque estaba vacía) mostrando con orgullo los puños de sus uniformes engalanados con una hoz y un martillo de hilo dorado. Por si fuera poco, esa misma muchacha nos ha enseñado a buscar, colocarnos el salvavidas... a nuestro gusto, de manera un tanto erótica. Quién sabe. A lo mejor en Rusia un día te llaman para hacer un vídeo porno y al siguiente, uno corporativo. Claro, meterse en un papel, para salirse y volcarte al 100% en el nuevo rol puede ser complejo.
Otro logro desbloqueado en estas horas interminables de vuelo ha sido llevado a cabo por Hernán. Retozar su cabecita entre los gráciles senos de una azafata rusa. Con un ágil movimiento, y como si de un inocente niño se tratara, ha logrado tal hazaña sin recibir castigo alguno.

Angelical "el Hernán".
Hoy también hemos topado con la antítesis de la amabilidad hecha carne. Una japonesa mayor que ha ido echándonos sistemáticamente de la fila para pasar el control de inmigración porque no habíamos rellenado el reverso. Probablemente fuera rusa en otra vida... En serio, era digna de ver. Porque tras de ella todo han sido gestos de amabilidad: nos han indicado dónde podía fumar Nacho (en un cubículo donde pretendía fumar un cigarro y ha salido con siete de ellos en los pulmones), no nos han abierto las maletas en aduanas... ¿Qué maletas? Las de Nacho y Silvia, porque la de Hernán y la mía se han quedado en Moscova. 
Lo cierto es, y mirando el lado positivo a todo ello, que mañana nos las llevan al hotel. Nada de cargar a nuestras espaldas de guerreros marciales con burdos equipajes de mochileros. 

¡Qué suerte tenemos !

Tras rellenar papeles, preguntarnos color, tamaño, si tenía o no cremallera y otros detalles que ni recuerdo; muy amablemente (a la japonesa, vamos) nos han acompañado hasta la puerta. Poco más y nos dice adiós con un pañuelo.

Esto de llegar a sitios que desconoces en Japón suele ser complicado. Guiarte por una calle que no tiene nombre, sino que está enumerada y dividida por cuadrantes puede complicar la existencia de cualquiera. Ya tengo algo pendiente que aprender. Cómo leer las "direcciones" japonesas. Al salir del metro, y recordando remotamente cómo llegar al hotel... tuvimos que pedir ayuda a una buena mujer para llegar y no aparecer en Kuala Lumpur. Recordamos a nuestros lectores que por desgracia mi/nuestro amado Khaosan Ninja (a.k.a. mi casa en Tokyo) tuvo que cerrarse por reformas y obras... Así que buscamos otro sitio en el que estar. 
¿Que a Nacho le gusta el sitio? Pues sí. ¿Que Hernán y yo lloramos por las esquinas porque no se parece a Ninja? Pues también... ¿Dónde quedará la amabilidad de Sho, Kumiko y Mine por las mañanas? ¿o ese precioso sótano donde te tirabas a ver la televisión en el tatami? ¿o esas habitaciones a las que he pasado tantas veces la aspiradora y hecho las camas? Pues en Taito-Ku. Ahí quedaba, señores.
Eso sí, una cosa que no tenía Ninja era un ventilador para los fumadores. Según entramos en Smile, que así es cómo se llama el albergue, hay a la derecha , y delimitado por una raya blanca en el suelo (como los cadáveres en CSI) un área de fumadores. Si quieres usarla, que fue de lo primero que Nacho preguntó al llegar, tienes que encender un ventilador extractor. Cosas de Japón, no fumas en el porche o fuera del área delimitada. En una calle se puede y en otra no. Misterios de la vida que ni la NASA ni yo llegaremos a comprender.
Lo importante es que llegamos sanos y salvos. Agarramos las maletas y salimos en busca del Senso-ji en Asakusa. Japón nos recibió con un chirimiri constante. De este que sólo existe para molestar, para mermarte la cordura poco a poco por las gotas en las gafas y el no poder ver del todo bien. 




Entre la falta de sueño y el horario raro que teníamos en la cabeza, decidimos no alejarnos mucho de la zona (menos mal, porque yo me dormía de pie). Visitamos Senso-ji, Don Quixote (un centro comercial cercano donde resguardarnos un rato y donde dejar admirar a Silvia y a Nacho las bondades de la cultura comercial japonesa). De ahí decidimos visitar el Sky Tree. ¡Y qué espectáculo! De repente el Sky Tree está y de repente no... ¡Menudas nubes! 

Ahí está el Sky Tree... ¡os lo prometo!


Madre mía el Kobudo, Hernán, cómo te está dejando

Entonces, el sueño llegó y Bea puso el modo stand-by. Recuerda andar por la calle, comprar la cena y el desayuno y perder el conocimiento en la cama.

(No manejo la aplicación bien desde el móvil... Saldrán las fotos de seguido. Argh!)