Obviamente, después del INCIDENTE de ayer, no vuelvo a publicar (o al menos intentarlo) ningún post sin haber copiado el texto antes. De todo se aprende, claro.
Hablábamos antes Hernán y yo que, al fin, van conociendo el verdadero Tokyo Silvia y Nacho. Ya han tomado conciencia de las bicicletas, de la educación de la gente, de la inexistencia de las papeleras, de los puestos de trabajo que nos parecen absurdos (el que saluda delante de las obras, el que te da un mensaje en el ascensor...), pero que reducen impepinablemente el paro del país.
Hoy los hemos acercado al centro de Tokyo.
Tampoco vayamos tan deprisa, porque el centro de Tokyo ha sido por la tarde. A primera hora nos hemos ido, en realidad, de la urbe. Hay que tener en cuenta que el área urbana de ToKyo se extiende hasta donde te dé la vista. Es como un eterno Alcobendas-San Sebastián de los Reyes, que se separan por una calle. Hemos viajado hoy hasta Kawagoe, pero nunca hemos dejado de ver edificios. Hemos atravesado Saitama, pero no hemos visto a Shin-chan. Hemos tardado una hora en llegar, pero parece que hemos retrocedido en el tiempo. Y esto es porque a Kawagoe se la conoce como el "Pequeño Edo" ya que en una parte de la ciudad aún se conservan edificios de hace más de cien años.
Antes de tomar el tren nos hemos detenido en la estación de Ikebukuro a comprar los pases de metro de tres días y así podernos mover con facilidad entre largas distancia. Pensar en cruzar la ciudad en bicicleta de nuevo hace que mi coxis grite. No, gracias. No soy de aquellas a las que les gusta conocer las ciudades por su sub-suelo, pero he de reconocer que, en ciertas ocasiones, merece la pena para poder destinar el tiempo invertido en aquello que vamos a visitar.
A lo que íbamos, Kawagoe, la pequeña Edo. He de deciros que me esperaba otra cosa, una zona turística más cuidada, de mayor tamaño, no sólo una calle con casas antiguas por donde, encima, hay una carretera por donde pasan los coches y destrozan la magia que podía tener. Para más inri, la torre del reloj estaba siendo arreglada/restaurada. Os podéis imaginar el glamour y el rigor histórico que otorgan unas lonas que recubren las obras. Divino. No sé por qué no aparece en las guías de viaje.
Hemos pasado por un templito donde se oían rezos la mar de salados. Yo, incluso, he pensado que era una procesión que venía hacia ese lugar. Pero no hemos tenido tanta suerte, era una grabación muy realista. Cerca, porque es este pueblo todo está muy cerca, había otro recinto sagrado (esta vez mayor y sin coches en medio, como sucedía en el anterior).
Es cierto que la zona es bien bonita. Las casas tienen su encanto, pero estamos a punto de redactar un escrito al ayuntamiento de Kawagoe para que la calle antigua sea sólo peatonal. Eso sí que sería sacarle jugo a un lugar turístico. Parece mentira, japonesitos, que no sepáis cómo se hacen bien las cosas.
¿Qué cosas tampoco saben hacer los japos? Las bebidas. Hoy a Hernán le ha dado por investigar en las máquinas expendedoras de bebidas. Si bien por la noche ha comprado una Fanta de manzana (que todo genial), por la mañana ha comprado un bote de uva que decía "Agítame 10 veces antes de abrir". ¿Qué será, será? Hace palanca con la anilla. Todos expectantes... ¡toma espuma! Pero ahí no acaba la diversión... toma un sorbo y ... ¡fiesta! Una bebida con trocitos de gelatina, medusa, ser viscoso, pero sabroso en su interior... ¡Ñam, puntazo para Kawagoe!
En un comienzo habíamos planteado el día con la visita a Kawagoe, pero apenas llevábamos unas horas allí cuando tampoco había más que visitar. Nos llevábamos una bonita visita a un templito, una calle antigua atestada de coches y un sorbo de gelatina de uva.

De vuelta en la gran urbe, en Ikebukuro, hemos decidido que podíamos pasarnos por la estación de bomberos para experimentar los terremotos y que Silvia y Nacho aprendieran qué hacer en caso de que haya uno. Ayer en la torre de Tokyo, me puse a pensar en ello a no sé cuántos metros de altura y no me hizo mucha gracia. Por desgracia, cuando hemos llegado había acabado el último turno hacía apenas diez minutos... Seguro que les habría hecho gracia.
Nada más salir de allí nos hemos topado con una concentración de personas en una plaza. Todos ellos jugando al Pokemon Go. ¿Por qué estarían todos ahí? Nacho me hababla de eventos para Pokemon especiales y yo me maldecía por no tener Internet. Presiono el botón de Wi-Fi y... ¡tachán! Red Wi-Fi gratuita de Tokyo (¿suerte? ¿casualidad? no lo crero). Así que me he puesto a cazar Goldeen, Pinsir, Horseas y malditos doduos que hay por todos lados.
No os penséis (como Mery se plantea que hago), que me paso el día con la pantalla pegada a la nariz buscando Pokemon. No tengo Internet ni adicción por este juego. Así que a los diez minutos hemos abandonado la congregación de zombies y nos hemos marchado a por otra droga: batdos de chocolate del McDonalds. ¿Por qué no los tienen en España? Ojo, que por una parte doy gracias por ello. Sería tanto terrible resistir la tentación a tomarlos como a no poder escapar a sus encantos día tras día.
Y tal y como os he cometnado al inicio, llevamos a nuestros hermanos al centro de la ciudad: Akihabara. Tal y como dice Nacho, "Ni París ni leches, esto es la ciudad de la luz".
Akiba, I lofff you
Colores, bombillas, sonidos ,gente , movimiento. Eso es Akihabara o Akiba para los amigos. Lo primero de todo ha sido entrar al Book-Off, esa cadena de tiendas donde la segunda mano hace los estragos en los bolsillos de las buenas personas como nosotros. Nacho ha caído en sus garras, no hemos podido salvarlo.
¡Lo hemos perdido!
Hemos evitado que cayera en shock gracias a que lo hemos sacado del edificio. Aunque hemos acabado en los recreativos del Taito Building y el Club Sega, lo que tampoco ha sido una gran ayuda. Videojuegos, luces, sonido... estímulos en 360º... Y para finalizar la función: un Purikura. Fotomatón donde la belleza no tiene límite, donde lo divino y lo humano se entremezclan para dar forma a los seres andróginos que imprime esa cámara... Toda una experiencia que adoro.
Seres andróginos al imprimirse la foto
Y como no me gusta conocer las ciudades por el sub-suelo, hemos vuelto andando al albergue. No se han quejado en ningún momento, sendas madres, muy bien educaditos los tenéis. Ah, ya en su camita, con el pijamita y casi arropaditos, muy bien cuidados.
Para que os quejéis... ¡Hasta mañana!








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