jueves, 28 de julio de 2016

"Eh, que llegamos a Kyoto"

Os escribo tirada en un sofá, como si estuviera en casa. Qué paz y tranquilidad. Parece que fue hace eones cuando pude hacer esto por última vez y la verdad que apenas ha pasado apenas una semana.
Hemos llegado sanos y salvos a Kyoto. ¡Aún seguimos vivos! Eso sí, si buscáis"bochorno" en el diccionario os tiene que aparecen está ciudad como una de sus acepciones. Vivir en una nube no había sido nunca una expresión tan real.
Ayer planteamos salir muy pronto del hotel para llegar cuanto antes a Kyoto y poder aprovechar este primer día en la antigua capital. Cuando hemos hecho el cambio en Nihombashi, un hombrecito trajeado nos ha dicho si nos podía ayudar (estábamos mirando un mapa para saber qué línea de metro coger haya Tokyo central). Super majete, vamos a llamarle así nos ha acompañado no sólo a la estación, sino también al lugar donde comprar los billetes. Han sido die minutos andando que queríamos haber hecho en metro, pero creo que ellos al no tener abono y tener que pagar cada trayecto, no tienen presente que los extranjeros sí que podemos optar a ello. Como super majete nos ha contado, en Kyoto hace mucho más calor. Él nació en Yokohama (3 millones de habitantes) y nos ha comentado que Tokyo tendrá unos diez. Un amorcito hecho japonés con corbata.
En el tren me gustaría haber escrito el comienzo de hoy, pero se me volvían a mezclar las palabras y letras entre los dedos, así que me he puesto una alarma en el móvil para que diez minutos antes de llegar me despertara. Son trenes tan puntuales que es un gran sistema el de las alarmas. Que no sabes leer japo, no pasa nada, miras en el billete a la hora que llegas y ésa es tu estación.
Hoy nos han colocado en hilera, separados, porque no había sitio juntos. Yo he disfrutado de una extensión de mi sueño durante dos horas y pico. Silvia ha tenido una conversación con un japonés que resultaba haber vivido cinco años en España ¡y hablaba español! Cosa que al final no ha sido tan buena porque ha recordado que se ha acordado de su madre al comienzo del viaje. ¿Os acordáis de las casualidades de las que os hablaba antes? Pues éste es otro ejemplo. Ya van dos en dos días.
A la llegada Lorenzo nos ha recibido con los brazos abiertos. Qué calor... qué calor. Nacho se desgastaba por momentos. No había conocido la cara "amarga" del tiempo japonés. En media horita estábamos en el albergue y como lo estaban limpiando y el checkin no lo hacían hasta las tres de la tarde, hemos dejado las maletoncias para ir a Kiyomizu-dera. 



Qué cuesta y qué calor... pero merece la pena. Es un templo que también la otra vez nos dejó baldados, pero las vistas y la construcción en el monte hacen que valga la pena. Queríamos pasar por el albergue para colocar las cosas y pagar, pero el hombrecito no estaba. En su lugar un teléfono y una nota. Si necesitas ayuda, llama a este teléfono. Silvia ha llamado un par de veces y consternada comentaba "es que sólo dice outside". Claro, qué más nos da a nosotros que esté outside, que esté fuera, si lo que queremos es que vuelva. Otro hombrecito también estaba esperando en el saloncito, perecía que llevaba tiempo ahí y que tampoco había obtenido respuesta. Como no hablaba inglés muy allá, pues lo hemos dejado estar. Casi a las cuatro, en un medio arranque de enfado, cogemos las cosas para irnos. No podemos dejar pasar la tarde mientras este hombrecito de recepción decide volver. Y Nacho, como casi siempre, sale a fumar antes de irnos. ¡En buena hora! "Ey, que hay una nota". Nos había dejado las llaves "outside" en el buzón de correos. No hay precio... Ninguno lo vimos al entrar, ni el otro señor... Ains...
Colocamos rápidamente las cosas en la habitación y vamos a recorrer Kyoto. Hace dos años aprendimos la lección. Conocer la ciudad a pie es bonito, pero derretirte porque parece que el sol se ha acercado hasta tu ventana no lo es. Así que la opción de los buses ha sido aprobada por unanimidad. El panteón de plata cerraba a las cinco, así que nos hemos dirigido al Palacio Imperial para saber cuándo lo podemos visitar. Le digo al señor guardia, ¿hablas inglés? Y me contesta "un poco, pero tú hablas tan bien el japonés que pregúntame". Un cachondo mental, vamos. Que es muy divertido que Bea se ponga a comunicarse con los japoneses en japonés hasta que la líe gorda. Ya veréis como ese momento no será nada divertido.
De nuevo al bus para parar ante el castillo de Nijo. Ésa es otra cuestión de la que hay que hablar: los mapas. Uno mira el mapa de Kyoto y dices, ah, pues muy bien. De aquí a aquí hay tres manzanas. Error. El mapa obvia otras chorrocientas, así que lo que crees que en un inicio lo haces en unos veinte minutos, son unos sesenta. Ya veníamos con la lección aprendida y no íbamos a picar de nuevo. Al bus que hemos ido con su aire acondicionado.
El castillo estaba cerrado, pero la puesta de sol al fondo ha sido impresionante. Además, en un arranque de valor, Hernán ha cruzado una calle para comprobar qué eran unos jardines que había al otro lado. Se podía pasar, ¡y menudo descubrimiento! Un diamante en bruto...




Para finalizar el día íbamos a adentrarnos en las calles de Gion, Hanamikoji se llama la calle, para ver geishas y maikos en sus "carreras" (las que permite el estrecho kimono). Al encontrarnos la calle cerrada hemos preguntado qué ocurría. En Tokyo nos hemos encontrado con mítines políticos (y políticos que nos saludaban desde el coche cuando no había nadie más. Yo les devolvía el saludo porque soy educada), así que ha sido un planteamiento. Por suerte ha sido una procesión. Nunca había visto ninguna, aunque sí matsuri. Qué modo de tirar hacia arriba y hacia abajo del paso que cargaban, qué energía. Los hemos acompañado hasta el templo.





Un muy buen día de toma de contacto con la antigua ciudad Imperial. Mañana iremos a abrazar sueños: Nara e Fushimi Inari.

No hay comentarios:

Publicar un comentario